sábado, 7 de julio de 2012

Con los Difuntos y Agonizantes

A Florencio Nullo lo conocimos hace dos años, haciendo taller juntos. Con él aprendí el significado verdadero de la metonimia. Cada una de sus ornamentadas frases, sus pausas prosódicas, sus adjetivos rimbombantes y sus cadencias obsesivas ejemplificaba soberbiamente toda su personalidad.


Florencio creía en portar sombrero en cualquier estación del año y en saludar diciendo Buenas Tardes si se encontraba con un grupo de personas. Como nosotros éramos un grupo de personas, todas nuestras tardes fueron apostrofadas con los mejores deseos de Florencio Nullo.

Nos reuníamos cada semana a discutir nuestros traspiés de textos breves y torpes tratando de aparearlos con teorías conocidas o al menos con otras obras literarias más célebres y así tener la excusa de cambiar de tema. Nos entreteníamos, al compás de las charlas, comiendo bizcochos y vigilando la meticulosa y arbitraria distribución del mate. Todo era bastante tedioso, pero seguíamos juntándonos empacadamente por una sola razón. De a intervalos, llegaba el día en que teníamos que leer un texto que Florencio Nullo había escrito.

¡Ah! ¡Qué deleite!

Antes del encuentro, sufríamos días enteros; nos arrancábamos los capilares y rechinábamos los dientes al develar el texto de incomparable articulación poética ante nuestros ojos. ¿Cómo era un ser humano capaz de escribir así? Nos mirábamos los unos a los otros con desazón; nosotros no podríamos igualarlo jamás. ¡Qué agudeza! ¡Qué exquisita percepción! Florencio nos dejaba jadeando de admiración y de envidia; y cuando lo veíamos en el taller, no sabíamos si saludarlo o hincarnos de rodillas para que nos deseara las mejores tardes de nuestras vidas. Él seguramente tenía ese poder. Queríamos besar el camino que describían sus pasos desde la puerta de calle hasta su silla de plástico, queríamos prestarle la lapicera si se la había olvidado, manipulábamos impunemente la ronda del mate de modo que el cebador quedara a su izquierda y Florencia fuera el primero en tomar.

Además de hacernos sentir desesperanzadoramente inferiores, pero sin crueldad, Florencio Nullo nos prestaba libros. Todo el tiempo. Parecía comprarlos al por mayor y siempre nos alentaba a que leyéramos de a miles.

En una ocasión, pudo haber sido una charla post- taller en la vereda, Florencio se dirigió a mí para saber qué me gustaba leer. Yo le conté sobre mi preferencia por los autores clásicos. También los difuntos.

- ¡Qué particularidad! ¿Sólo los textos que llegan desde la ultratumba?

- Y, al menos los que compro yo están todos muertos. Los vivos que leí:

Capelli, Selci, Katchadgian, Rubio, me los prestaste todos vos.

Se rió con aire de madurez y se fue caminando hasta la esquina, solo y espléndido. Al la semana siguiente, estábamos todos juntos en la librería La Estrella, dispersos y borrachos de títulos y tapas. Nadie hablaba con nadie; a ninguno de nosotros se le habría ocurrido. Florencio se asomó por detrás de mi hombro y me miró agarrar “Los Pichiciegos”

- ¿Piensa comprarlo?- Siempre nos trataba de usted.

- ¿Sabés que sí? Me cansé de los vivos prestados.

- Pues entonces: enhorabuena!

La cara de mis cofrades talleristas la semana siguiente reflejaba

apesadumbramiento. Algunos cabeceaban que no era justo. Miré las notas obituarias en los diarios que tenían en la mano y creí que Florencio Nullo me guiñaba un ojo. Una gran pérdida para la literatura argentina, y yo justo me había comprado un libro de él.

Como se acercaban las vacaciones de invierno, compré una lectura amena para pasar esos quince días al abrigo de algo picante: “Wasabi”. Como no pasa con la mayoría de los autores, a este yo le conocía la cara. Lo veía todos los miércoles presentando películas en I-sat. Y un buen día, me llamó la atención no verlo más introduciendo el ciclo, sentado al costado de una avenida con aire arrogante y pacato. En el taller se comentó la tragedia pero muy superficialmente; nadie le tenía tanta simpatía como para hacerlo extensivo o lacrimoso.

Seguíamos escribiendo, a pesar de todo. Éramos excelentes talleristas. Arrebatábamos momentos enclaustrados a nuestras tareas diurnas, nos afanábamos en usar cada segundo de nuestras vidas para escribir, llamábamos a nuestros amantes por los nombres de algún personaje que habíamos inventado y nos sobrevenían complejísimas vicisitudes a causa de nuestra obsesión literaria. Dimos la vida y la cordura por las letras; nos encontrábamos inmersos en mundos que habíamos creado una tarde de modorra frente a la pantalla, y de golpe, nos costaba diferenciar los referentes reales de las sombras que habíamos nombrado parecido para camuflarlas en un texto. Era la idea misma del paraíso.

Como era de esperarse, después de un tiempo prudencial en el taller, Florencio Nullo fue publicado. Un editor grisáceo, harto de leer pueriles intentos de novelas, fue a dar con un borrador de Florencia Nullo y quedó prendado de su cadencia obsesiva, sus ornamentos intrincados, sus sinestesias y de su vocabulario docto.

Cuando Florencio lo anunció, después de habernos deseado Buenas Tardes, aplaudimos de compromiso e intercambiando miradas de Ya lo Sabía. Porque no era ningún mérito. Era obvio: Florencio Nullo había nacido para ser publicado. Predeciblemente, se organizó una presentación en la librería La Estrella, que casualmente tenía alguna clase de arreglo con la editorial que había publicado a Florencio Nullo. Ese nombre pertenecía a un estante. Yo quería que fuera el mío.

Todos los talleristas estábamos ahí, escudados detrás de vasos de vino y lanzando miradas de orgullo a Florencio, que navegaba en un mar de intelectuales, mezquinándoles agudos comentarios diestramente coordinados. Unas horas más tarde, se acercó al taller. Todos nos atropellamos por tartamudearle una felicitación, y de súbito nos quedamos callados. Entonces yo decidí romper el acalambrado momento y dije:

- Voy a comprar uno de tus libros, así me lo llevo a casa autografiado.

Me dirigí hacía la caja, blandiendo un ejemplar de su opus. Se leía en la tapa

su nombre ilustre, con trompetas de fondo cada vez que alguien lo nombraba: Florencio Nullo.

Desde la caja, vi que mis compañeros dialogaban agitadamente mirando hacia donde yo estaba. ¿Me había olvidado de subirme el cierre? Me cercioré. No era eso. Gesticulaban, urgidos por alguna cuestión inescrutable desde donde yo los miraba. La asistente, detrás del mostrador, puso la copia del libro de Florencio en una bolsa. La agarré y no pude resistir la tentación de sacar el libro, acariciarle la tapa y olerlo. ¡Qué honor! Busqué mi billetera, y mientras extendía el brazo para que el dinero sea de más fácil alcance para la asistente, rastreé a Florencio con los ojos. Ahí estaba, parado junto a mis compañeros del taller. Le sonreí para brindarle toda mi lealtad de lectora. Pero no me devolvió la sonrisa. En cambio, lo vi volverse más pálido.

En cuanto la asistente me dijo Gracias y depositó el vuelto en la palma de mi mano, Florencio se desplomó sobre el suelo de la librería. El acto constituyó que Florencio Nullo perteneciera, de ahí en más, a mi biblioteca y, por lo tanto, al área de los difuntos. (2012)



sábado, 11 de septiembre de 2010

No sé quién va a leer esto

Yo no sé quién va a leer esto. Y ese es el miedo más común entre escritores. Por suerte yo tengo un grupo de gente amiga que lee mis cosas aunque no quiera. Pero quiero contar una cosa que no es un cuento. Es verdad. Dos cuentos de los que están acá, Tracking(her down), everyone’s favourite, y Mía, que ya lo odio, ganaron una especie de concurso. Me negué a pagar por el premio (la publicación)- ahí está el gancho- , pero la editora me pidió por favor si podía incluirlos en la antología con los demás “ganadores”.
Estuvieron listas las antologías. Hace semanas. Recién hoy- diluvio y casi piedras- pude ir a buscar unas copias para comprarlas. Sí, compré mi propio libro, porque al no haber pagado el “premio”, no me correspondía ninguna copia. Entonces me encaminé hacia una dirección, que yo creía era una editorial, y no. No era una oficina llena de libros y rollos de papel en el piso, que es mi idea de editorial. Era una casa suntuosa y adornada con antigüedades. Llena de libros y rollos de papel en el piso.
La editora me abrió la puerta y me dio mi certificado de mención de honor, o alguna adulación similar, y así adquirí las copias de la antología.
Quise hacer muchas preguntas- ¿Cómo planea hacer circular estos libros? ¿Usted va a seguir organizando concursos?- pero sólo había una que importaba. ¿Quién va a leer estos libros?
Una cantidad insana de libros formando una escalera descansaban en compañía de los sillones en la sala de la editora. Y eran un montón. Y hacía mucho tiempo yo creo que estaban ahí. Si a cada autor que sí haya pagado le corresponden unas cuantas copias, había dos opciones: o los autores se olvidaron, o en realidad había más copias que las necesarias.
Volví en el 29, casi a nado, con las copias y el diploma en la cartera. Y cuando cuente esto, muchos pensarán, qué bien, ya estas publicada, en un libro de papel – que es mucho para cualquier autor. ¿Y dónde se pueden comprar esos libros? Esa es una buena pregunta. Por ahora, la respuesta es: en el living de una señora que vive en Jean Jaures y otras tantas. (2010)

lunes, 31 de mayo de 2010

Juan Carlos

Juan Carlos siempre estaba contento con lo que quedaba en la panadería y nunca se quejaba si el colectivo pasaba de largo. Esa tarde de noviembre, el ánimo de Juan Carlos estaba especialmente elevado porque había salido más temprano de la imprenta de su padre - donde lo instaban a atender el teléfono y a sellar papeles que ya tenían sello, y además le pedían que fuera urgente a cualquier lado si estaban recibiendo a un cliente importante- y todavía las veredas estaban doradas de sol. Entonces, Juan Carlos decidió que tal vez era una buena idea ir a caminar por Corrientes a perder ese tiempo que sabría mejor cómo emplear si tuviera a alguien que lo esperara en casa; pero como ese no era el caso, se internó en una librería que vendía obras de invaluable ingenio y originalidad a costos despreciables.
Primero miró las mesas cubiertas de ediciones de clásicos, como para cumplir con los grandes, y luego de su ceremonia se internó en los estantes polvorientos de los que ni los empleados del local se acuerdan. Ese olor a papel a punto de mutar en polvo lo transportaba a sus años de adolescente; cuando aprovechando que los chicos de la barra junto con sus hermanos lo perseguían por alguna apuesta perdida o una mala jugada en la canchita de la esquina, él se escondía en la biblioteca, donde jamás se atreverían a entrar. Y allí conoció un sinfín de almas solitarias que a pesar de no tener pares – sobrevaluados, endiosados pares- eran dignos de odas enteras y aventuras inigualables, amen de la nota trágica de su existencia: Ahab, Clarissa Dalloway, Edna Pontellier, Florentino Ariza, Singer y Fredo Corleone, entre otros héroes incomprendidos que llenaban los estantes olvidados de la biblioteca municipal de su barrio, a la que mantenía viva una cooperadora vetusta con miembros agonizantes.
Mientras avanzaba hacia su estante preferido, descubrió un banquito de madera bajo una pila de discos de vinilo. Se imaginó que a nadie le molestaría que él tomara ese banquito por unos momentos para sentarse mientras miraba los libros, ya que su cadera no era la de antes y pasar mucho tiempo agachado a la larga le terminaba saliendo caro. Dejó la pila de vinilos en el piso junto a la pared para que nadie los pateara, y cuando se agachó para mover el banquito, una fuerza en sentido contrario lo detuvo. Miró hacia arriba y vio que una mujer de unos 30 años había tenido la misma idea que él.
- Disculpe, señor, - dijo ella- pensé que no iba a usar este
banquito.
- Pero por favor, señorita, tómelo usted!- se indignó Juan Carlos
que no concebiría jamás que una mujer se quedara parada mientras él gozara de asiento, y estuviera dentro de sus posibilidades cedérselo.
- No, está bien; igual no me iba a quedar mucho.
La señorita en cuestión se llamaba Cora, y le contó que al igual que
él, había salido temprano del trabajo.
- Yo no tengo necesidad de sentarme, señor. Es obvio que usted lo
necesita más que yo.
Aunque a Juan Carlos le dolía como una puñalada que ella lo llamara “señor”, no dejó de ser amable y se animó a seguir con la charla.
Cora tenía un gato, y sin dar tiempo a que Juan Carlos le preguntara, explicó ciertas verdades sobre él.
- Mi gato, Guiraldes, siempre se me adelanta para elegir la silla
donde se quiere sentar. Usted me hizo acordar a él recién.
Juan Carlos sonrió y le hizo una pregunta que no tuviera nada que
ver con gatos, a ver cómo se las arreglaba Cora. Ella contestó enseguida.
- Vivo en Once. Pero trabajo en Flores. No me queda tan lejos.
- Yo viví un tiempo en Flores, pero me mudé a Almagro después de
que terminamos el colegio.
- Pero usted debe haber terminado el colegio hace décadas. Me
extraña que ese evento siga siendo un marcador con respecto a las etapas de su vida.
- Ah, eso, querida, debe ser porque cuando terminé el colegio me vi
libre para ser como yo realmente era, sin miedo a los chicos malos.
La charla se había tornado tan profunda para que se llevara a cabo en el pasillo angosto de una librería de Corrientes, que después de haber obstruido el paso de innumerables clientes por casi una hora, decidieron salir a la calle.
- ¿Le gustaría tomar un vermouth? – preguntó Juan Carlos, sólo
para ser amable, y convenciéndose de antemano que muy posiblemente la respuesta sea no. Él tenía ganas de un Cinzano a esa hora, así que ya había decidido que si ella se negaba, él iría solo.
- ¿Qué es un vermouth?
No hizo falta contestar, porque Cora había desaparecido. Sin
preámbulos, sólo así de la nada. Se le fueron las ganas de tomar el vermouth, y caminó solo a su casa, sintiendo una mezcla de desazón y alegría tonta por haber conocido a alguien tan particular. Una pregunta con ganas de ser contestada flotaba en el aire. Singer se habría sentido igual.


Exactamente una semana más tarde, en la puerta de la confitería San Carlos, Cora apareció otra vez, sonriente, queriendo saber qué era un vermouth. Juan Carlos la miró extrañado pero entusiasmado porque era justamente lo que él quería tomar en ese momento.
- Un aperitivo, acompañado de cositas, para picar. No sé, o lo que
usted prefiera tomar a esta hora. – Juan Carlos ya estaba cediendo su preferencia, en pos de llegar a un acuerdo que le permitiera pasar algo de tiempo con Cora. Una muy mala costumbre; porque es señal de debilidad y falta de amor propio postergar las ganas por querer complacer a un extraño.
- Bueno, está bien. Vamos a ver qué tal es ese “vermouth”
del que usted habla.
Una vez sentados a la mesa, se les acercó el mozo.
- Dos Cinzanos con soda y unos ingredientes, por favor.
- ¿Les armo una picada?
- Si es tan amable el caballero.
Cora sonreía desmesuradamente, apoyando el mentón sobre una
mano. Su flequillo castaño iba de un lado al otro, a merced de la brisa que entraba por la ventana, y se mordía el labio inferior: señal inequívoca de fascinación. Juan Carlos se acomodó en la silla varias veces, quiso doblar una servilleta y ponerla abajo de una de las patas de la mesa que parecía ser más corta que las demás. Probó una tras otra, y siempre la mesa seguía inclinada perturbando el buen orden de los elementos que iba disponiendo el mozo sobre ella.
- Debe ser el piso. Alguna baldosa que está mal nivelada. – Dijo
Cora, por un lado para que Juan Carlos dejara aquella empresa sin objeto, y por otro para expresar su opinión.
- Señorita, tiene usted muchísima razón. – Juan Carlos tomó el
sifón y le sirvió soda en su vaso. – Y le digo más. No sólo usted tiene razón, sino que me expresó su opinión -que es claramente contraria a la mía, porque yo pensé que el problema era la mesa- de una manera tan amable, que aunque no tuviera razón, se la habría dado. Porque se la merece.
Cora parecía conmovida. Podría estar asustada o confundida, pero por suerte sonrió aún más. Juan Carlos se sintió alentado a seguir explicando.
- Cualquiera de mis hermanos me habría considerado estúpido y
criticado lo que hacía. Es desgraciadamente una tradición familiar el hecho de que ellos tienen un temperamento más avasallante que el mío, y por lo tanto, siempre tienen razón.
- Pero eso es una incoherencia.
- Vaya usted a explicárselo a casi 45 años de tradición familiar.
Cora dejó de mirarlo por un momento para bajar los ojos pensativamente. Ese silencio triunfal le daba la razón a Juan Carlos.
- Es difícil hacer cambiar a los demás. Todas las noches Guiraldes
se agarra el sofá de dos cuerpos y no hay manera de sacarlo de ahí. Y mire que he tratado de hablarle…
- Me imagino.- la vista de Juan Carlos se perdió por la ventana y
sólo el movimiento del mozo trayendo más ingredientes de copetín lo trajo a la realidad.
- Me encantan las aceitunas.
- A Guiraldes también! Se vuelve loco!
- Entonces su gato debe ser muy inteligente. Es una verdad
indiscutida que si a un gato se le da plata, lo primero que va a comprar son aceitunas.
Cora abrió los ojos desmesuradamente.
- Usted es una persona tan sabia. Pero a veces no entiendo alginas cosas de usted. Por ejemplo, porqué el fin de la secundaria marca etapas en su vida.
Como si hubiera estado esperando que Cora dijera algo así, Juan
Carlos respondió sin inmutarse.
- Mientras que para todos, la secundaria es el semillero de amistad
y de momentos inolvidables más idílico de la vida, para mí es sólo un mal sueño. No la pasé muy bien. Nunca pude encontrar pares entre los adolescentes.
- ¿Qué son adolescentes?
A Juan Carlos no se le ocurrió pensar en las conclusiones lógicas de cualquier persona medianamente conectada con la realidad, a saber: a) Me está tomando el pelo, b) Es débil mental, c) Me voy.
Muy por el contrario, Juan Carlos se dispuso a explicar con claridad qué constituía un adolescente. Pero Cora se excusó para ir a saludar a un conocido de ella que pasaba por la calle.
- ¿Me presta esta lapicera? Ya vuelvo.
Y no volvió. Pasaron horas, y Juan Carlos decidió que no podía seguir esperándola. Pidió la cuenta, y caminó hasta su casa. Eso sí, como Ahab, con una lapicera menos.

Un sábado a la mañana, Juan Carlos había tenido que ir urgente a dejarle unos papeles al escribano de confianza de la familia a la calle San Martín, lo cual lo dejaba muy cerca de San Telmo, y ahí andaba husmeando libros en la calle Bolívar cuando una voz lo despertó.
- ¿Qué es un adolescente?
- Básicamente, es una persona que se encuentra en la etapa de la
vida entre la niñez y la adultez, pero las edades varían con la persona, y con las épocas históricas, claro está. En mis tiempos, uno se hacía adulto de golpe cuando terminaba en colegio. – Juan Carlos sólo respondió automáticamente como si todo el curso normal de su vida se hubiera detenido con la última partida inesperada de Cora.
- ¿Y en estos tiempos?
- Bueno, aparentemente, la adolescencia ha tomado rumbos
insondables y se extiende más allá de los límites que plantean los números. Es decir, hay personas que tienen casi 35 años y siguen comportándose como adolescentes.
- ¿Y qué supone comportarse como un adolescente?- preguntó
Cora sin mirarlo y sin dejar de desacomodar cuanto libro tocaba.
- Podría decirse que no asumir responsabilidades, no hacerle caso
al reloj…
- Ah, pero eso es muy vago. Casi todas las personas que conozco
son adolescentes entonces.
- Está bien, está bien, puede que tenga razón. Vamos a ver… voy a
darle datos más específicos. Por ejemplo, si alguien sale de su casa con una media de cada color, y en vez de espantarse y de contar los minutos para volver a casa, se ríe de sí mismo con una pizca de orgullo; eso es un adolescente.
- ¿Y si hace calor para medias? ¿Cómo se mide la adolescencia?
- Ay, señorita, ¿no podríamos ir a sentarnos a algún lado y le sigo
explicando?
Juan Carlos estaba exhausto, pero escuchó con mucho gusto lo que decía Cora mientras se acercaban al bar La Poesía. Mientras tanto, trataba de ordenar en su cabeza las características de un adolescente, haciéndolas sonar lo más simples posible.
- Ahora estamos todos revolucionados en casa, - relataba Cora-
porque está por venir el Primo Nobel.
- ¿El Primo Nobel?
- Sí, es el hijo del hermano de mi madre. Es una persona muy
importante, y toda la familia busca impresionarlo con muestras de inteligencia.
- Pero mire usted qué curioso.
- Si, entonces, no es raro ver a todos mis parientes memorizando
versos ilustres, fórmulas complicadísimas o datos curiosos sobre la naturaleza.
- ¿Y usted con qué busca impresionar a su Primo Nobel?
- No sé. Tal vez si usted me explicara lo de los adolescentes, yo
podría usar ese conocimiento.
- Yo me imagino que su Primo Nobel debe saber lo que es un
adolescente. De hecho, todos fuimos adolescentes alguna vez.
- ¿En serio?
- Bueno, algunos por más tiempo que otros. De hecho, quien lleve
sus sueños e ilusiones en alto, sin importar cuán improbables o ilógicas puedan resultarles a los demás; eso es un adolescente. – Juan Carlos declaró triunfalmente y se dispuso a tomar su café que se estaba enfriando.
- ¿Eso es todo? ¡Entonces yo soy una adolescente!
- Bueno, además hay algunas cuestiones madurativas.- dijo Juan
Carlos, dándose vuelta para llamar la atención del mozo.- Yo le dí la definición romántica de lo que es …- Pero cuando volvió a mirar en dirección a Cora, ella ya no estaba ahí sentada. Otra vez se había esfumado, pero esta vez no vio para dónde se había ido.
Navegó solo en esa mesa, por una hora más, sabiendo que se venía el fin. Porque esta vez, Cora no había formulado una pregunta antes de que se la tragara el aire. Este iba a ser un fin solitario. No se le ocurría con qué pretexto volvería Cora a querer compartir su tiempo con él. Tenía que admitir que no se lo quería en ese lugar; como a Fredo en su bote.



Un domingo, después de un fastuoso y acalorado almuerzo familiar, Juan Carlos se perdió por las callecitas de Palermo Viejo buscando una bufanda, porque ya se venía el invierno. Cuando se hubo cansado de confundirse entre géneros y lanas, auspiciados por sonrientes vendedores, se sentó en un bar a tomar un capuccino.


- ¿Le puedo contar algo que me dijo mi tío?
- No hay mejores cosas que las que dice un tío. - Respondió Juan Carlos con una sonrisa. Cora había vuelto, quizás por cuanto tiempo. Pero lo importante es que, aunque no había habido interrogante previo, Cora se las ingenió para volver a irrumpir en su vida.
- Es el papá del Primo Nobel es el que me dijo esto.
- Ah, el Primo Nobel! ¿Cómo pasó su visita?
- ¡Muy impresionado! Las que más se destacaron fueron mi tía Gina y su hija, la prima Beba, que presentaron la obra Copenhague, improvisada.
- ¿Cómo improvisaron esa obra?
- Se sentaron en la sobre mesa y lo hicieron.
- ¿Pero la habían leído antes?
- ¡No! Las improvisaciones no tienen libreto.
- ¿Y cómo saben que fue justamente Copenhague lo que interpretaron?
- Uff. Usted es lento, eh?- Cora miró al mozo, que se apuró a traerle una carta.- Lo importante es que el Primo Nobel quedó muy contento con la obra, y las felicitó especialmente. Pero…- Y acá Cora levantó su dedo índice para llamar su atención- Conmigo fue con quién pasó más tiempo.
- Ah, pero qué bien. La felicito.
- Sí, y a propósito de eso, mi tío me dijo algo que es lo que yo le quería contar.
- A ver…
- Me dijo que el Primo Nobel pasa tanto tiempo conmigo porque le gustan mis preguntas. Y además, él tiene todas las respuestas y le gusta alardear.
- Me parece muy cierto lo que dijo su tío. Yo también creo que sus preguntas encierran cosas inesperadas.- Juan Carlos la miró pedirle al mozo un té, y trató de hacer contacto visual.
- ¿Por qué cree usted que yo hago buenas preguntas?
La mirada punzante de Cora lo hizo sentir un poco incómodo. Buscando en su mente una respuesta adecuada miró por la ventana y en su divagar no se dio cuenta de que Cora había terminado de formular una pregunta. Y cuando volvió a la realidad, con una respuesta a medio armar, ella se había esfumado. El vapor del té dibujaba arabescos en el aire que debería estar ocupado por ella. No pagó la cuenta hasta que el té estuvo frío. Esperó sin objeto, pero por obstinación y tal vez por cábala. Como Florentino a un ser apellidado Daza.

Una tarde cualquiera, perdiendo la noción del tiempo en la sala, a esa hora en la que las lámparas de pié deben prenderse, pero no está tan oscuro como para prender las arañas, Juan Carlos resolvía un crucigrama. Y de pronto, sin hacerle caso al 5 vertical: Lago de Hyde Park de forma alargada, sintió una urgencia sorda de bajar hasta la puerta de entrada. Una vez que cruzó el umbral de su puerta la vio. Cora estaba sentada en la plaza de enfrente, mirándolo fijo.
Corrió sobre las líneas peatonales, y se sentó al lado de ella.
Ni la saludó.
- Sus preguntas son una inspiración para seguir pensando. Por eso
son tan buenas.
Caminaron un rato por la plaza, mientras las sombras se arrastraban sobre el césped y lo teñían de noche. (2010)

jueves, 17 de septiembre de 2009

Voces

Puedo perdonarte la década infame cubierta de noche oscura y salpicada por estrellas de felicidad esporádica que simboliza el tiempo que te amé sin parangón. Ahora, que te hayas olvidado de mi cumpleaños, ah no! Eso de ninguna manera puedo permitirlo.



Listo, si ya lo había escrito, como siempre le dictaban las voces dentro de su cabeza, no tenía más que hacer que bajar la tapa del inodoro, cerrar la puerta del baño, fijarse que las luces estuvieran apagadas, y meter la cabeza adentro del horno.

Sonó el teléfono. Antes de contestarle a las voces por qué lo atendía, sacó la cabeza del horno y lo atendió.

¿Ahora llama? Tarde.

Es que había partido y jugaba su equipo. Por más que encontrara que los partidos no cumplían ninguna función, era bueno saber que existían porque de alguna manera los hombres están siempre pensando en algo.

Tarde

Desde el otro lado de la línea él le estaba pidiendo perdón de todos los colores.

El muy ruin siempre encuentra una segunda oportunidad. ¿Cuántas segundas oportunidades le había dado ya?

Eso era lo que ella esperaba.

Excusas.

Ruin.



Colgó con los ojos nublados de lágrimas y una sonrisa sonsa.

Acalló esas voces entrometidas en su cabeza, y se preocupó más por lo que pasaba fuera de su cabeza, especialmente en su pelo, que hoy no tenía forma de nada. Claro, si lo había metido adentro del horno. Cubrió la expresión de sus ojos con rimel y delineó lo que era mentira en ellos con mucho negro. Eligió tres combinaciones de prendas diferentes y bailó adelante del espejo, modelándolas, hasta que fuera la hora de verlo y de simular que estaba satisfecha. De simularlo ante él y de convencerse a ella misma.

Soy feliz, soy feliz, no podría estar mejor.

Así se canta la vida en cuanto uno se descubre cuesta abajo.(2009)

domingo, 19 de julio de 2009

Duda

Decidí que las pilas de mis anteojos se habían acabado. Ya no discernía bien y los bordes se tornaban borrosos. Y justamente esa mañana lo vi. Le adjudiqué características erróneas. Pero, ¿y si le cambiaba las pilas a mis anteojos y ya la visión verdadera de las cosas se presentaba, iba él a seguir representando un anhelo más allá de la razón?
Si racionalizo el porqué del deseo irrefrenable hacia él, lo más probable es que desaparezca tal urgencia, ya que cualquier impulso se hace añicos al impactar contra un pensamiento racional. Por lo tanto, si quiero seguir sometiéndome a sus encantos bajo los efectos de su presencia narcótica, debo reconocer que mi percepción del mundo está fuera de foco? (2009)

jueves, 9 de julio de 2009

Bífido.

Listo, le voy a dar este libro, que es lo que me pidió, sin ánimos de segundas intenciones, y nada más. Le voy a regalar una sonrisa, de esas que muestran todos mis dientes, y yo sé que le gustan, porque me mira mucho más concentrada cuando sonrío así. Y nada más. Van a ser 10 minutos como mucho. Y después vamos a volver a ser lo que solíamos ser. Ella mucho más experimentada, envuelta en un halo de misterio, y yo, todo por descubrir, apostándole a lo viejo conocido.
Voy a tocar el portero y me va a atender. Subí. ¿Y si me abre desde arriba y me dice que suba? Voy a tener que enfrentarme a la boca socarrona del ascensor y dejar que su espejo me refleje inseguro y desarmado para una batalla que no tenía planeada. Blandiendo un libro como único escudo, estandarte, excusa.
El vértigo en el pasillo largo y las líneas enceradas del piso me van a marcar un destino ineludible. Tocar otro timbre, sabiendo que ya se está próximo a caer en la trampa. Yo no quería esto. Yo sólo quería prestarle este libro que ella pidió; que en realidad yo le ofrecí y ella aceptó. Entro al living.
Una calidez inesperada me envuelve y no sé muy bien dónde estoy parado. Me siento, entonces. El libro deja de ser un aliado para convertirse en parte del mobiliario que nos rodea.
Sin saber cómo, se presentan vasos llenos de cerveza, diálogo cómodo, miradas que descansan en los ojos del otro.
Una locura. Lo sé, lo internalizo. Esto es una locura. Sus ojos calmos me llevan a perderme allá donde mis códigos pierden sentido. ¿Y por qué no? parece reinar sobre todas las cosas.
Se cuela en nuestra charla…
En la avenida Caseros hay unos restós nuevos, cocina de autor. Divinos. Eso si queres seducir a alguna sujeta.
Restós?
Si, esos lugares en los que te reciben con una copa.
Cuando decís copa, a qué índole de copa te estás refiriendo?
Sólo hay una clase de copa en esos lugares.
¿Puedo decirte una locura?

Me despego de mi cuerpo y me veo levantándome de la silla y caminado por todo su living, con las manos en la cabeza. Es que si te lo digo, voy a quedar como un idiota.
Estoy muy intrigada…
No puedo, no puedo. Dejá, olvidate, es una locura.
Mirá, no me lo digas. Escribilo en este papel. Si a mí me parece una locura, lo tiro y lo olvidamos.
¿Y si no?
Te respondo en el mismo papel.


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Hoy no va a pasar nada. Esa premisa es todo lo que importa cuando se está impaciente. Hoy no se va a dar. Las cartas estarán echadas, las llamadas hechas, todos los requisitos cumplidos, pero eso no va a suceder. No importa que yo lo haya invitado, no importa que le haya sugerido querer verlo con una excusa tangible y poco valedera. Voy a sentarme delante de él. Voy a cruzar las piernas, me voy a respaldar en mi sillón marrón y voy a explicarle que esta noche no es la noche, independientemente de lo que mis ojos le indiquen. Él va a entender. Es tan inocente. Esos ojos no saben mentir aún, él todavía no aprendió el arte de las respuestas condicionadas. Y va a tener que acatar mis reglas, porque en lo que va de nuestra relación, siempre tuvo que hacerlo.
Hasta me di el lujo de retarlo alguna vez. Miles de veces jugué mi carta de persona estricta e inflexible para que él se doblegara. Esa es la faceta de mí que conoce, y no es momento aún de que conozca otra. Hoy sólo me voy a deleitar viéndolo probar mis sillones y mis discos, husmeando entre mis libros y luciendo un cuerpo perturbador pero agobiante al mismo tiempo. Voy a recorrer su sonrisa, el contorno de sus labios, y si se aventura a tocarme, no lo voy a permitir. Parece que tengo la situación bajo control. ¿Por qué me sudan las manos entonces? Debe estar por llegar en cualquier momento. Mejor me cambio estas zapatillas, y… suena el timbre.

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Me tienta poder escribir y dejar todas mis dudas en el campo de lo inefable. Si está escrito, no hace falta que nadie lo diga. Ella es tan comprensiva, tan didáctica. Me deja de dar miedo confesar algo tan febril que se hace cada vez más comprensible a medida de que sus ojos me invitan a la confianza. Hasta pareciera que quisiese que la tocara. Pero aún no me animo, hay un halo de pureza cubriéndola, una barrera que no puedo envilecer.
Dale, abramos otra. No me la imaginaba tomando tanto. Las distancias parecen acortarse. Cualquier cosa me parece una buena idea ya, como siempre entre la segunda y tercera botella.
Yo desconfiaría del hombre sin patillas. Las patillas siempre son señal de hombría de bien
¿Las patillas de quién?

No tengo idea de qué estábamos hablando, pero es increíblemente fácil seguir la conversación y asentir. Me da risa. Me río. Ella también. Es lindo verla reírse tanto. Acerco mi silla al trono donde ella, sólo ella es reina.

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No tengo códigos ni conmigo misma. Me cuesta no imaginármelo en otra situación. Sus ojos están húmedos con ilusión, mis manos no paran de moverse, describiendo ademanes que suplen la falta de contenido en mis palabras. Lleno el aire de más aire para que la tensión no se note. No puedo confiar en mí. Me miento constantemente y sé que no puedo poner las manos en el fuego por lo que pueda llegar a hacer en el lapso de, digamos, dos horas. Decido seguir el recorrido de sus manos, enormes, que se acomodan el cuello de la camisa, descansan sobre un muslo, tamborilean nerviosamente sobre el borde de la mesa. No logro concentrarme en mi cometido. Una vez más voy a recrear dentro de mi mente como será besarlo. Una de sus manos está muy cerca de una de las mías. Su dedo anular está rozando el dorso de mi mano. Lo miro. Sólo una mirada represora debería bastar. No la retira.
¿Qué haces, nene?

***********************

No lo soporté más. En cuanto me desafió a que no la tocara, algo se encendió dentro de mí. Fueron palabras que me dolieron como el frío en la cara apenas se sale a la calle por la mañana. Hoy no va a pasar nada. Pudo haber sido catalogado como bronca, pero había un elemento de lástima por mí mismo. No entendía porqué ponía ella tanta distancia entre nosotros, si ya nos habíamos reído juntos. ¿Es que esas risas compartidas no habían significado nada? Una vez que librara aquel impulso, la justificación me daría mucha vergüenza.
La tomé del brazo y tiré hacia mí. Su cara de sorpresa fue más estimulante que todo su peso sobre mis piernas. Trató de reírse y de zafarse. No sé de dónde saqué tanta fuerza, pero ella estaba inmóvil en mis brazos y ahora no había vuelta atrás.

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Un demonio. Nunca creí que un nene tan inocente alojara semejantes impulsos dentro de su ser. Y la fuerza con la que me aprisionó es inexplicable. Una energía que bien canalizada podría hacer los placeres… pero no puedo pensar en eso ahora. Sus ojos se inundan de ira y una mueca de perversión se dibuja en sus labios. Se materializa ante mi incrédula mirada la razón de todos mis miedos. Él me maneja a su antojo y dejo de ser dueña de mis movimientos. Ya me canso de gritar, hasta que descubro que mi boca está obstruida y respirar se vuelve trabajoso…

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Dejó de moverse. Sus ojos están fijos en un punto en el infinito. ¿Qué no iba a pasar, eh? Perra, esto y todo. La palabra justificación sobrevuela mi mente, busca aterrizar en algún terreno firme, pero no se lo voy a permitir. Por ahora no, estoy muy ocupado poseyendo todo este reino que se me fue negado por tantos años, toda esta infinidad de mujer eterna que supo establecer límites, pero ya no más. Ya no hay límites. Me engolosino con sus curvas y su cara perfecta. Justificación. No hay. Me va a dar vergüenza admitir que la única manera de poseerla era haciendo esto. Un paso ineludible para el gozo extremo. Una condena me espera, condena de dimensiones despreciables comparada con el placer del que me encuentro prisionero. (2009)

lunes, 11 de mayo de 2009

Lorenzo

Something tells me I don't have to go scavenging in the night for another soul

Ante todo, una se enamora de un nombre. Lore, Lori. Con él pasó exactamente eso. Lorenzo era todo nombre. El sonido de su antigüedad resbalaba por la dulzura que le otorgaba la L inicial, pero se veía interrumpida amablemente por la n en el medio. Sin contar la masculina característica que le daba el hecho de que termine en o, algo que se precia sobremanera en cualquier buen nombre de varón.
Había días en que sólo pronunciar su nombre me llenaba de placer. Ensayaba llamarlo, con su diminutivo, haciéndolo más corto. Era una palabra que se apropiaba de mi lengua y de mis labios y se sentía tan cómoda en la boca. Saboreé su nombre mucho antes de inundarme en la cotidianeidad de sus besos.
El modo en que llegó a mi vida no fue simple. Supe de su nombre y de su existencia años antes de que nos presentaran formalmente e intercambiáramos números de teléfono.
Desde ahí, nada fue convencional. Lorenzo de mi corazón, mi nene hermoso, era- para decirlo de manera rápida y efectiva- raro. Me lo repetía gente de mi entorno. Pero ¿qué importaba si no era lo más conveniente para consolidar un futuro con cimientos duraderos? No necesitaba que eso me lo diera un hombre. Yo sólo encontré en él una manera de detener el tiempo y de que la edad dejara de importar.

De todos modos, me daba cuenta de que mi gente no lo trataba con credulidad ni tomaba en serio a mi dulce Lorenzo, dueño absoluto de mis pensamientos. Mi hombre, al que miraban de reojo y levantando las cejas.
Que usara un vaso para rascarse la cabeza, que no supiera
vestirse o que durmiera en el piso tapado con una alfombra eran gestos que me llenaban de algo parecido a lo que algunos denominan ternura, pero del tipo que lentamente muta hacia la incomprensión. Yo sabía que su modo de vivir adolescente era lo que más me obsesionaba de él. Su habilidad para separar la edad de la práctica. A veces, él era tan idealista que yo sentía ciertas mañanas de domingo que estábamos a kilómetros de distancia abrazados en la cama.
- La revolución comienza desde la más tierna infancia. De hecho,
está presente dentro del folklore pedagógico heredado de nuestros antepasados anarquistas italianos y españoles. Si no me creés, escuchá esto: Aserrín Aserrán, los maderos de San Juan, piden pan, no les dan; piden queso les dan hueso, y les cortan el pescuezo.
- Sí, Lori, estoy familiarizada con la ronda infantil.- Miraba cómo
movía sus labios y ya parecía que había pasado una eternidad sin besarlos.
- Perfecto, a lo que voy es que es claramente una canción de
protesta. Se trata de trabajadores oprimidos que piden condiciones de trabajo dignas y mejoras salariales simbolizadas con artículos de consumo básicos como pan y queso, y sólo obtienen represión y violencia.
- Es una brillante interpretación, Lori. Lo que tendrías que hacer
es cerciorarte de qué área geográfica comprende la citada San Juan, y cuál es su relevancia en el canto.
- Son muchos interrogantes.
- Cuando yo cantaba esa canción en el jardín, no sabía lo que era
pescuezo. No la canté hasta que le pregunté a mi mamá lo que quería decir. – Nunca pude aprehender algo que no entendía.
- Bueno, y dentro de la misma línea de pensamiento, podemos
analizar La Farolera.
- Era una prostituta. – le contesté preguntándome si esta charla iba a durar para siempre.
- Pero se enamora de un coronel, dando a entender que sus
hábitos licenciosos son cambiados por una figura de autoridad sistemática, como es un militar. Entonces el mensaje es: con los militares todo lo malo desaparece.
- Me deslumbrás, Lori.- Pensé que lo mejor era vestirme.
- Y uno anda lo más pancho por ahí cantando La Farolera como si
nada. ¡Y se la enseñamos a los chicos! ¡Y ellos no tienen idea de lo que están cantando! Habría que enseñarles cómo repudiar a aquellas figuras de autoridad prepósteras. – tomó agua, se alborotó el cabello y se fue a sentar arriba del escritorio de mi habitación, con aire pensativo y altanero.
Lorenzo era categórico y ácido, se apasionaba a menudo, y no le temblaba el pulso al garabatear leyendas en las paredes de la facultad; una faena riesgosa e innecesaria para mí, una proeza para él.
Idealista e innovador. Un sueño. ¿Pero podía ser yo partícipe de este sueño? Mi tendencia a ser estructurada no me lo permitía.
A veces nos trenzábamos en miradas interminables, tumbados contra la pared de su cuarto, sin hacer nada. Sólo mirándonos a los ojos por minutos engarzados eternamente. Y era siempre yo quien rompía aquél encanto con la prisa que es inherente al primer beso de la noche. Solía desear que no existiera un beso sin aquél preludio ausente y aquel diáfano perderse en el universo del otro.
Yo sólo quería que él me hiciera su prisionera unas tres veces por semana. Quería malcriarlo, verlo dormir y saberme capaz de despertarlo con la mente. Pero a él parecían importarle otras cosas.
- Hoy voy a vivir como predica Kerouac. Sólo voy a tomar
whiskey, estar con amigos y escuchar jazz al tope.
- ¿Y tomar colectivos que no sabés dónde tienen la terminal?
Mi ser racional lo había parado en seco. Su sonrisa desmesurada
se volvió una mueca lastimosa.
- Desde la mente, quise decir.- Vi cómo cerró los ojos, sombrío.
Tardó en volver a sonreír esa tarde. Traté de retomar el tema.
- Para vivir como, por ejemplo, Dean Moriarty, necesitás tener el
concepto de infinitud frente a vos, pastillas y, principalmente, un auto, Lori.
- Tu conocimiento teórico es filoso. Lastima todo lo que pienso.
No sé si me está haciendo bien.
Me sentí devaluada y vacía. Si yo quería ser tan racional, entonces
tenía que renunciar a su adolescencia.
Ahora camino sola por una calle que a él le habría encantado. Yo
sé que hay fuego detrás de sus ojos pasados de moda, e ideas no natas esperando que les demos un futuro dentro de un divagar ahumado, pero me niego a matar a un ser tan puro con teoría fría. Hace meses que ya no sé nada de él.

lunes, 13 de abril de 2009

Hoja en Blanco

Abrí los postigos. No iba a ser un día largo porque su sesión iba a ser la última de la tarde, y después podría dedicarme a leer tomando café hasta que llegue Manuel de trabajar. Esa noche íbamos a ver una banda nueva de jazz que él me había recomendado con mucho entusiasmo. La luz inundó el salón. Mi escritorio de roble se alargaba junto al balcón francés al que yo le daba la espalda ahora para sentarme y acomodar lo que había sobre mi escritorio. Faltaban cinco minutos para la hora de ella, así que saqué mis biromes de la cartera y desprendí mi reloj pulsera para apoyarlo sobre el escritorio.
Hice lugar a un costado para el volumen que estaba leyendo y me paré para ir a mirarme al espejo que estaba colgado al lado de la puerta. Me aseguré de que el moño del cuello de mi blusa estuviera bien armado y retoqué mi lápiz labial. Ya me estaba molestando estar en tacos a esa hora, pero sabía que en tal vez dos horas ya estaría en casa con algo más cómodo que esa falda tubo y esas medias de seda.
Escuché el timbre y a Carmen saludar a alguien. Ya estaba allí. Me acomodé detrás del escritorio, abrí la libreta donde se marcaba el final de la última sesión. Me había olvidado de repasar mis notas para hoy. La primera vez que me pasa. Traté de ignorar este descuido, pero algo se trabó dentro de mí como si un presagio funesto se hubiera activado.
Sus pasos avanzaron hacia mí con la mueca simulada de la puerta entreabierta entre nosotras. Breve y ágil en sus movimientos, cerró la puerta detrás de ella. Se sentó y comenzó.
- Era domingo y todavía tenía sueño. En realidad eran ganas de
acostarme y cerrar los ojos, pero no sé si tenía sueño. Todos me habían dicho si quería que me llamen y charlar. Ya me dolían los ojos de charlar. Me hace llorar. Prefiero que nadie me llame. Es más fácil verme con gente que no tiene nada que ver con todo esto y hablar sobre mis proyectos. Tengo ganas de moverme en otros círculos. Cambiar de ambiente. Tal vez me vaya a otro país, pero no sé, porque es muy caro. El tema es convertirse en algo que trascienda. ¿Por qué no puedo contarle al mundo lo que hago? Todo el mundo lo hace. Hasta los que tienen un banducha en un parque lo hacen. Mierda, no quisiera que me escuchen diciendo todo esto.
Respiró hondo, movió una ceja y retomó el hilo de su monólogo.
- Hay épocas de mi vida que están borradas, y ahora todo esto me hace volver a enfrentarme con, por ejemplo, mi vida cuando tenía 13. Yo sabía que impactaba, que era más que el resto. Pero era un mundo siniestro, yo no era quien quería ser, no me dejaban. Y no me identificaba con nadie. Me dejé estar. Ahora sé que si hubiera encontrado un modelo a seguir o alguien que me alentara en algo más que en los estudios, ahora te estaría hablando desde otro plano. Tal vez ni siquiera te estaría hablando a vos. A ver, ellos tenían 35 casi, y ya eran viejos y amargados. Yo no puedo vivir con esto.
Respiró hondo. Le dolía algo bien adentro pero estaba haciéndole frente. Se la veía derrotada.
- Entonces te contaba del domingo. Me dieron ganas de comprar un frappuccino de avellana, y me lo tuvieron que preparar especialmente, así que me puse a esperar en el negocio y entró alguien. Él me conoció. Me dijo “Me conocés desde que soy así de chiquito.” No tenía idea de quién era. Ni a qué era de mi vida pertenecía. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué viví demasiado? Me ilustró vagamente y lo conocí al fin. Venía del mundo de mis 13 años. De esos años en los que ejercía algún tipo de influencia en otras personas. Y al menos sabía en contra de qué me estaba rebelando. Porque ahora no es claro. No hay arriba ni abajo ya, con todo esto. No sé qué está bien, ni qué está mal. No le quise hablar mucho. Sólo tomé el frappuccino y lo hice mío. No quise averiguar cosas del pasado o de cómo pudo mutar en presente. Me fui aferrada a mi mezcla de helado, crema y café a internarme en mi casa. Ay! Se me durmió el pie. Ahora vienen las cosquillas. Pará, voy a estar un rato hasta que me recupere.
Anoté mientras ella emitía sus quejas combinadas con risitas y se acomodaba mejor en la silla. Se puso seria y no miró ningún punto.
- El problema acá es: llegué a mi casa y quería que esa persona me llamara por teléfono, verlo, contarle de lo que pasó todos estos años. ¿Para qué? ¿Me querés decir para qué? Tenía una camisa a cuadros. ¿Entendés? ¡Era domingo! Pero este inconsciente aliado tuyo me hace estos trucos y obviamente termino queriendo sentarme en mi cocina con un sujeto que hace casi una década que no veo.
Me escudriñó como acusándome de un crimen.
- No me mires así. Ya sé lo que estarás anotando en esa libreta. Que mi frappuccino de avellana es la sublimación o la condensación de mi deseo de estar acompañada por alguien dulce, espumoso y espolvoreado con cacao?!? ¿Eso querés que busque para mi vida? ¿Un tipo corriente? Te voy a romper toda esa libreta y las pavadas que anotás. Vos que tenés tu vida resuelta. ¡Tomá! ¡Estoy harta de rendirte cuentas por cosas que hacen todos! ¡Y cuando creo que estás de mi lado, salís con que estoy a la defensiva, de que nadie tiene la culpa, o que ya se terminó la hora! ¡No tenés razón! ¡No es verdad!
No recuerdo mucho más de aquella última sesión. Sé que la ambulancia llegó en seguida porque el paciente que venía después llamó en cuanto escuchó los gritos.
Según Manuel, mi blusa yacía hecha jirones sobre el piso de parqué y sólo uno de mis zapatos quedó en el consultorio. Además del ventanal hecho trizas y los charcos escarlata originados de mis heridas - ¿o eran también las de ella?- donde teñí mis cabellos a fuerza de resistirme a ser arrojada por el balcón. Lejos, allí, en la vereda se dibujaba la silueta de una mujer que nunca iba a volver a la simple resignación de los 13 años. (2009)

lunes, 23 de febrero de 2009

Tracking (her down)

Esta es una reseña de todo lo que no sé de ella. Ahora que le dijeron que usar vincha le quedaba bien, era común verla con una los domingos. Juraba estar embelesada con “El Padrino”, pero nunca alquiló las secuelas. Sólo se llevó la uno con aire misterioso y convencida de que estaba satisfaciendo una necesidad antigua dentro de su alma de pionera pasada de moda.
La miré mucho la primera vez que vino porque me hizo acordar a Audrey Hepburn, pero sin ese refinamiento tan perjudicial para la voluptuosidad femenina. Sophia Loren cantando con Peter Sellers sería más acorde.
Si la veía venir, era doble la alegría (qué palabra más horrible, nunca está bien visto andar alegre por la vida, es una vergüenza y además uno corre con desventaja, baja la guardia) porque es ley devolver las películas al día siguiente de ser alquiladas. Y por si el cliente (todos despreciables ignorantes, no saben nada de cine, sólo aparecen cuando se nubla y alquilan comedias norteamericanas y cosas de Disney para los chicos, pasando por alto a Kubrick o a Fellini- no sé para qué me gasto en separarlas por director) no llegara a haber internalizado esta norma, siempre lo despido con un “Hasta mañana antes del cierre”. Si se olvida de volver al día siguiente, - yo siempre estoy al día siguiente- bueno, no habría razón, nadie puede olvidarse. ¡Pero lo hacen!
Lucía me cubrió aquel sábado y parece que el clima estuvo espantoso porque hubo muchos alquileres.
- ¿Alguna vez te pasó que no te devolvieron alguna película?
- Claro. Pero por eso anotamos el número de teléfono del cliente.
Y la dirección.
- ¿Y?- su actitud apagada y desapasionada para con la vida me
había cautivado hacia años. Ahora había un tenue rastro de cinismo que aún me recordaba que algo teníamos en común. - ¿Mandás matones?
- No- busqué un encendedor y terminé usando fósforos, que
siempre me dieron pena y encendí un cigarrillo- pero se les puede llamar la atención y pedirles que devuelvan…
- Pero eso no garantiza que te la devuelvan- me interrumpió
descaradamente. No iba a ceder.
- En última instancia se los veda de por vida…
- ¡Vedado!- aulló mofándose- Oh por Dios! He sido vedado del
video club de mi barrio!- Encendió uno ella también, el humo nubló sus anteojos de estudiante aplicada, se acodó sobre el mostrador dejando al descubierto un hombro blanco, resultado de no veranear por años- ¿Y vuelven implorando clemencia?
Decidí que la charla estaba terminada y le pedí la lista de las personas que habían alquilado en mi ausencia. Vi el nombre de ella, la chica de la vincha. Al lado de “Qué he hecho yo para merecer esto?” y “Zoolander”. Esta última, mierda absoluta. Ingrediente esencial en mi concepto de mujer: subestimar su inteligencia. Algo irresistible: que no busque impresionarme.
La había visto días antes, mientras Lucía me comunicaba en frases ingeniosas porqué Alex de la Iglesia la tuvo en vilo toda una semana porque ella trataba de averiguar el secreto detrás del montaje de “800 Balas”- nunca creí que hubiera secreto allí, pero a quién le importa, Lucía es una de esas personas que se desvive por analizar lo que a nadie le interesa analizar, por ser finito y agotable; y yo la miraba a ella buscando una película con su amiga. Pasaban por alto los clásicos, señalando algunos sólo para acompañarlos de comentarios como “Ésta me la hizo mirar mi abuela tres mil veces,” o “Mirá, la que parodian en los Simpsons.” Se detenían con ojos incrédulos y unos tintes más rosados de lo normal al pasar por la sección de eróticas, y esbozaban comentarios poco favorables ante los títulos icónicos. “Uh, esta la miré para la facultad, dura mil horas y no pasa nada, son todos chinos con cara de preocupación y llueve todo el tiempo.” Rashomón. Japonesa. Kurosawa. 1950.
Y al otro día volvió, como dictamina mi ley profética. Se quedó mirándome después de que tomé la película envuelta en la reglamentaria bolsa de forropol turquesa con la que mis películas viajan fuera de mi negocio y esperó ahí parada- no sé qué espera, sinceramente- hasta que le dije “Listo, ya está. Gracias.”
Pero volvamos al tiempo presente. Ella había alquilado el día anterior dos películas. Ya eran las 8: 30 p.m. y Lucía no se iba a falta de algo mejor que hacer. Afuera estaba nublado.
- El señor que se parece a Macri, el del edificio negro, no vino
todavía.
- Ese nunca cae antes de las 9. Hoy domingo va a ir a comprar
pizza y va a pasar más tarde. – Miré el reloj y puse un disco de Sui Generis para ver si los nervios se aplacaban.
- También vino el chico flaquito de anteojos. Preguntó por una pero creo
que no la tenés.- Estaba harto de ese individuo. Sólo existía para reclamar cosas no editadas en el país, o aún peor, las pedía en inglés, idioma que es fácilmente sospechable y por lo tanto inútil aprender, para luego decirme cosas como “ah, la deben haber traducido mal, porque en el idioma original se llama…” Lo recuerdo agitándose – asmático- tratando de explicarme la urgencia con la que debía ver algo que concluí se había traducido como “Reflejos en un Ojo Dorado” (1967, Liz Taylor, Marlon Brando), basada en la novela del mismo nombre de Carson Mc Cullers, autora que él insiste en llamar Lula Carson Smith. ¿Para qué se trenza en discusiones intrincadas, para luego llevarse “Bladerunner”, haciéndome jurar que esa copia incluía los cortes del director? Sinceramente, ese tipo de cliente, que juega a saber de películas, también me enerva.
- La señora mal teñida alquiló ayer también. Mirá, “Flores de
Acero”.
- Mmm- No me interesaba. Estaba anonadado al
enterarme de que me desesperaba por volver a ver a la chica de la vincha. Era patético. La imaginé en su casa. Despreocupada, rojo en las paredes, dorado en los muebles, piernas largas asomándose por debajo de su bata. Un interlocutor. ¿Eso la estaba deteniendo?
Decidí salir un momento que sería corto porque la idea de que mi reino pasara tiempo sin mi presencia hegemónica no me dejaba tranquilo. Lucía entendió que debía hacerse cargo del negocio. Estaba soplando un viento poco auspicioso, se estaba nublando más. Es imposible olvidarse de que hay una película sin devolver sobre el aparato reproductor de DVD, una frase poco feliz, pero ¿hay otra manera de llamarlo? Una película ajena late sobre el aparato. Destella una luz alarmante que dicta en las profundidades del cerebro: ¡Atención! ¡Devolver!
Se proyecta una duda en el entendimiento del ser humano obsesivo: ¿Puedo terminar el día por hoy y cerrar la puerta con llave, o hay algo más que deba hacer en el mundo exterior?
No puedo entender que el cerebro de ella no formule estas cuestiones. Me dirigí al negocio otra vez y busqué su dirección. Lo único que la debe estar deteniendo es un crimen. Ella es la víctima y yo el encargado de esclarecerlo.
- Lo que tanto temía- me dijo Lucía cínica. – Estoy a punto de
verte en acción. ¿Puedo traer pochoclo? – La miré, bufé y decidí llevarme el teléfono a la trastienda.
Naturalmente, nadie atendió.
Ahí estaba. Mi mente batallaba contra la idea de que hubiera
salido, acompañada de un sujeto alto, barbudo tal vez, con manos fuertes y un cuerpo sacado de una película barata de amor Hollywoodense. O que simplemente se negara a atender el teléfono porque sus manos estaban ocupadas con algo más interesante… Colgué de golpe y volví a salir.
Ella vivía a la vuelta de mi negocio. El portero me abrió la puerta. Hubo algo en la mirada del hombre que comprendió que mi interés por entrar al edificio sólo abrigaba una causa noble y heroica. No tengo porqué revelar aquí las claves que comparten los porteros con los comerciantes del barrio.
No funcionaba el ascensor. Mientras subía piso tras piso, luchando con las escaleras, todo se reproducía vívidamente detrás de mis ojos, en ese cine privado que tenemos en la mente. La puerta rota, marcas de golpes en las paredes. Cuadros estrellados contra el piso, sillas volteadas. Las lámparas desgarradas y un centenar de libros desparramados en la alfombra. Sintiendo náuseas proseguiría hacia las habitaciones. Un rastro de vasos hechos trizas me marcaría el itinerario del asaltante y posible homicida, y sería evidencia del forcejeo previo. La cama revuelta y un bulto inerte. Tomaría coraje de la petaca de whiskey que traía en el bolsillo- ¿La tenía hoy conmigo? – me cercioré de que así fuera entre el cuarto y el quinto piso.
No la tenía.
Iba a tener que enfrentarme con la realidad despiadadamente sobrio.
Inerte. Con los ojos abiertos hacia el ventanal. Había manchas de sangre en la pared sobre la cabecera. Y su bata hecha jirones. La cara interna de sus muslos estaba amoratada, y tenía magulladuras en el mentón. Entendí que había sido imposible devolver las películas para ella. Escudriñé el cuerpo un poco más de cerca y divisé marcas de dedos en su garganta. Le acaricié la tráquea con la ceremonia con la que se despiden a los héroes de guerra, y tal vez por única vez le dediqué una mirada dulce. Un golpe en la puerta me obligó a volver hacia la sala.
Dos policías me estaban apuntando con armas y gritando cualquier clase de frases incoherentes, que según mi experiencia, sólo tenían como objeto que levantara las manos y me quedara quieto.
Ahora comprendía. Esto era una redada. ¡Creían que yo había cometido aquella aberración!
- ¡Esto es un error! Yo sólo vine a buscar unas películas…- era
una pésima trama hasta para ser inventada espontáneamente mientras subía las escaleras de un edificio.
Llegué a la puerta de su departamento, con las manos húmedas y
la garganta hecha un nudo. Toqué el timbre. Sonó. Vacuo, como siempre que no hay nadie. Cuando hay gente el timbre suena distinto.
Esperé. No quería darme por vencido.
Tuve que hacerlo al cabo de 15 eternos minutos, en los que mis manos volvieron a secarse, pero al mismo tiempo una ira ciega me inundó. Mis películas estaban dentro de aquél departamento, y yo allí afuera, sin una orden de allanamiento. Ese tendría que ser un derecho inalienable de los propietarios de video clubs.
Derrotado, bajé las escaleras. El viento me recibió de vuelta en la calle y furioso volví a mi negocio.
- Qué bueno que volviste- me saludó Lucía- Pedí pizza.- Ni la
miré. Deseaba estar solo. Sin dejar que mi mal humor la afectara, continuó. – Hubo devoluciones. – Levantó dos películas para que yo las viera. “Qué he hecho yo para merecer esto?” y “Zoolander.”
- Vino la chica esa de la vincha. Pero no tenía vincha hoy.
Estaba apurada se ve, porque dejó las películas sobre el mostrador y salió corriendo. Creo que la esperaba alguien afuera. Un rubio con barba.
Comencé a apagar las luces. Igualmente, ya era hora de cerrar. (2009)

viernes, 23 de enero de 2009

Rituales

“Imaginó a todos los hombres que alguna vez la habían hecho perder el sueño dentro de un avión.
Se vio dándole la bienvenida a bordo a aquél grupo de hombres desencajados que se miraban entre ellos y comprobaban nerviosos que los cinturones de seguridad estaban atascados.
- Vamos a pasar La Novicia Rebelde una vez más antes de despegar, en tal vez el último viaje de sus vidas…
Sus caras de terror se exageraban mientras luchaban en vano por abrir los broches
de los cinturones de seguridad.
- … a menos que , por supuesto, alguno de ustedes …- su mirada recorrió cada
rostro atemorizado : el ex que no quiso volver, el amante que se negaba a llamar, el habitué de un bar con el que no se había concretado nada jamás, el amor de verano, el extranjero olvidadizo, el escritor mentiroso, el actor pagado de sí mismo, el demasiado joven, el demasiado ocupado…- sí, estaban todos allí.- …alguno de ustedes pronuncie las palabras mágicas, pero con sentimiento! Esas palabras que han de salvar a todos.
Nadie respondió, el terror los paralizaba.
- Y esas palabras son: Te amo, casémonos”
El ruido de la calle la hizo volver en sí. Este septiembre no iba a ser como los
anteriores. Ella se sentía renacer y volver a enamorarse era un paso obligado. Igualmente ahora no era lo mismo.
Se estaba ilusionando con algo que ya quedaba lejos de su alcance. Hacia atrás. Un atisbo de duda la alejó de sus habituales ensoñaciones y sonrisas sin causa. Se percató verdaderamente de que él corría con ventaja y que ella era la afortunada y no al revés. Al revés, como había pasado siempre. Ella había sido quien acompañaba a sujetos por debajo de su nivel, y en cuanto comenzaba a frecuentarlos sabía que los dejaría al poco tiempo. Era tan fácil verles lo patético a los hombres.
Sin embargo, ahora no dejaba de hablar de él – con menos autoridad que ímpetu- y sus amigas ya se quejaban de que sólo repetía frases.
¿Qué estaba tratando de afirmar?
Es aceptarlo y tratar de que mejore. La condición bajo la cual la neurosis desaparece. Tal vez este septiembre/octubre no me halle etérea por calle y siendo el blanco de miradas suplicantes y embelesadas en el trayecto de casa al trabajo. Se anhelaba diáfana, pero las condiciones no estaban dadas y el ser mustia le sentaba mejor.
Entonces era lógico que imágenes o ideas como la del avión - ¡Qué delicia, qué obra de arte!- explotaran en su mente para darle más placer.
“Arreglos florales” – cartel en florería.
Una corona es un arreglo floral. Sólo si tuviera mucha plata. 6to C y dos días antes de ser atacado ferozmente por mis matones a sueldo. ¡Qué placer! Que se entere de que fui yo sería un adicional que no estorbaría en lo absoluto. Funestamente, seguro.
Pero tal vez no quiere aceptar la corona. No importa; no sería un regalo (nadie nunca recibe una corona y además tiene derecho sobre ella; él tendría ese honor. Si decide hacer uso de ese derecho, ya que no sería difunto aún, sea) Sólo constituiría una advertencia. Sólo si sabía leerla, interpretarla. De otro modo, sólo serían dos hechos aislados.
Y ahora sólo se le representan imágenes que si las viera en televisión le causarían náuseas, y espera no vivir jamás, qué es esa entrega tan poco egoísta? no, ella no era así.
Imágenes de una tragedia que lo tenga a él – el elegido por ahora- de protagonista y a ella cumpliendo un papel primordial en su salvación y así afianzar su relación delante quienes los conozcan.
Ensoñándose con nada. Así se pasaba octubre, dándose la cabeza con la pared y sintiéndose deseada por un millón de hombres equivocados.
Ella le salva la vida – hay música de fondo como en las películas, hasta se imagina las canciones- dándoles órdenes a todos de cómo proceder.
- Te golpeaste la cabeza, sabes? – Una vez que él recobra el sentido. Rol de
madre y geisha de un casi niño, a veces hombre que se nos muestra tan etéreo como deleitable y tal vez, quizás cuándo, nos besa.
¿Y a quién no le gusta ser la mujer más importante en la vida de un hombre hasta
asegurarse de que no pueda vivir sin una? – Y vivir con eso? Ni loca.
Ese era el problema de este octubre; no lo veía necesitándola como otros años para deslumbrar con el brillo de una atracción verdadera.
Este ciclo de seguimiento de etapas se estaba desenvolviendo de manera tan lenta.
¿Se estarán alargando los ciclos?
Mejor seguir caminando hasta la parada y dejar de flotar en una realidad alterna que nos provoca sonreírle a los perros por la calle y emocionarse hasta las lágrimas sin razón. (2008)

lunes, 19 de enero de 2009

Exeunt Solitude

Un monumento de palabras. She is a well- wisher and she wishes you well; wish away, wish away...


Odiaba que le secaran las lágrimas. Este llanto es mío; yo sé manejarlo. Yo puedo hacerlo fluir hasta que toque la tierra e inunde este cuarto mal iluminado.
Se volvió para darle la espalda. Él la enfrentó, con los ojos llenos de devoción y pena.
Estaban los hombres que dejan que llores, sin inmutarse y recién cuando ven que tu llanto muere, se dignan a acercarse y hablar. Otros te estrangulan en un abrazo contenedor y te ordenan parar de llorar.
Él sólo la miró y con un pañuelo le secó aplicadamente cada una de las lágrimas que reventaban en los ángulos de su mirada, sin dejarlas resbalar y hacerse más tenues a lo largo del rostro.
Lejos de sentir pena por mí misma o por mi aflicción, sólo me enrosqué en pensamientos típicos de mi inseguridad- independencia. Dejarlo, así como estoy haciendo, que me seque las lágrimas es darle el poder de acabar algo que yo comencé; algo que quizás yo decidí que durara para siempre. Y él lo estaba deteniendo.
Él estaba coaccionando mi angustia. Él estaba dictaminando dónde termina. Y se estaba llevando mis lágrimas. No me está ordenando que no llore, sólo que él ahora era el dueño de las consecuencias.
Le cedió el poder.
Se sintió desnuda.
Las lágrimas solían hacer las veces de escudo o repelente, una cortina indescifrable que invitaba a los hombres a volver más tarde o simplemente a alejarse del todo. Y ella se resguardaba detrás de esa coraza- disfraz que tanta paz le daba una vez que se encontraba sola. Porque las lágrimas llegan sólo cuando una sabe que estará mejor sola.
¿Qué haría ahora que él estaba participando activamente de sus lágrimas?
Ya no habría lugar donde pudiera resguardarse sola. (2009)

sábado, 27 de diciembre de 2008

Ó(b)s(tá)culo

El presagio de un deseo concedido




Estaban allí, esperándola, y entre los invitados estaría él. Un príncipe. ¿Palabras, rumores? No podía imaginarlos. Le daba vértigo pensar en todos sus allegados allí reunidos, aguardando su entrada a la fiesta, como tantas otras veces.
No hay que olvidar que ese color va a causar revuelo, o al menos comentarios poco favorables, había dicho su confidente. ¿Por qué solía disparar verdades con tan poco tacto? Es el cariño lo que lo hacía enunciar juicios tan inhumanamente premonitorios. Siempre estaba acertado.
No importaba el vestido; todos ya sabían que le gustaba disfrazarse, y ser estridente era su marca personal. Estridente y anacrónica en el vestir.
Ese era el problema; ella ya estaba acostumbrada a hacer entradas triunfales. Era el ritual de siempre: el de esperar pacientemente con su estupefaciente dama de compañía en la recámara, reír sin freno, soñar con música y acomodar su vestido. Ese color es hipnotizantemente adictivo. ¿Y por qué estaba nerviosa ahora? Era la promesa del príncipe. Había habido un contacto, una mesa larga llena de extraños comensales dispuestos a entretenerla con relatos imaginarios o no. Pero sólo él era el destinatario de todas sus sonrisas. Porque era verdad lo que comentan, ella no le sonreía a nadie fehacientemente. Sólo de compromiso a quien se aventuraba a bailar con ella, para luego sugerirle que deseaba quedarse sola.
El humo, las luces, el desenfrenado regreso del baño a los saltos porque están pasando esa canción, el escote ceñido, el oropel, el protocolo, el abanico y gritar letras que resuelven disyuntivas a coro, dejando el alma sobre ese suelo de madera pulida. Vestidos yendo y viniendo, vasos y botellas, damas especulando, caballeros a la expectativa. Ojos protagonistas, espadando sin tregua y armarse de coraje para llegar y ser anunciada. Saludar, abrazar a gente que sólo es real entre aquellas paredes, bromas, besos, miradas otra vez.
¿Sabrán ellos que lo estoy buscando?
Guardarropas, besos, barra. Esta canción ya la tendrían que dejar de pasar. Pero a la gente le gusta; ya sale algo más de tu estilo. A la derecha el Conde de… A tu izquierda, la Marquesa de … A esa señora sonreíle más, cuidado que tiene un hijo soltero que no te va a gustar. ¿No me podés ayudar con cierto príncipe que…? Nena, yo no puedo, me siento mal metiéndome en esas cosas, teniendo en cuenta que vos en tu pasado… Vas a tener que arreglarte sola. Todos te conocen.
Y esas palabras de su confidente y guía le describían un interrogante mayor. Había que deslumbrar sutilmente. Ese color era la respuesta. Estaba segura.
Entró inhalando fuerte todo ese conjunto de almas conjuradas para hacerla sentir viva una vez más. Un séquito fiel y un guía certero.
Estamos hablando de un centenar de personas que se trasladan constantemente de un lugar a otro. Y tantos personajes legendarios encerrados en aquél número. Sorpresas, resurgimientos de entre las cenizas- como a todos nos ha pasado; todos portamos nuestras heridas de guerra altaneramente.
Mirándonos los pies con un mareo vertiginoso y respirando esa esencia encantadora, euforia, decoro, que no se note que miro siempre hacia aquel lado.
Sabes que no es la última vez… sé más discreta. Fiel séquito de tres personas, siempre pendiente de los movimientos. El alma se cuela a través del violeta y salta, al descubierto, evidente. Un temblor sin precedentes.
Ojos en duelo, ojos que se adivinan lejos y se atraen. Una charla que se va a extender en sueños por una semana.
El príncipe se acercó.
Ella rió divertida y decidió internarse en sus ojos. ¿Cómo se describen con palabras las ansias, el anhelo? ¿Cómo se transmiten deseos prescindiendo del contacto? La corte lo vería mal si ella tomaba el primer paso. Y él le refería anécdotas, porque vos el otro día dijiste… no, no hablaba de eso, más risas y el inevitable nos vemos luego ante miradas expectantes y curiosas.
Que una canción nos rescate. Dejarse llevar sin pausa y que el cuerpo hable. ¡Qué éxito que tenés! No me jodas, vos sabés exactamente lo que quiero y me está costando. Pero, su Excelencia, no creo que sea prudente, si es lo que el destino favorece. No me hables del destino, que no tiene nada que ver. También ese color, los invitados murmuran. Vos sabías que ibas a llevarte ojos con vos a donde fueras. Y eso se nota. Permítame decir que sus caprichos de cortejo le pueden jugar en contra.
La única aliada es la música. Nos ilumina. ¿Alejarnos de este guía? Refugio sonoro, refugio líquido. Malos consejeros.
Una mancha violeta se propagó a través de la multitud, ante los ojos azorados de su dama de compañía. Los músicos titubearon. Jamás se detengan, gimió en su carrera. Cuerpos inertes se entrometían en su camino, ni siquiera sabía si corría en la dirección correcta. Lo adivinó a lo lejos. Como un proyectil hacia sus ojos.
Siempre le habían advertido que los impulsos dan fin a un placer prolongable. Se internó tozudamente en su mirada. Tratando de salvaguardar su honor, su séquito se precipitó. Una sofocación súbita la inundó al vislumbrar el final del secreto por develar mientras el príncipe abrazaba su ser violeta y la enfrentaba para disgusto y horror de la corte.
Se desplomó sobre él, la vimos caer y se revolucionó el salón. No era más que una laguna violeta cubriéndolo. Creo que estaban pasando Tainted Love. (2008)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Shh

Miranda se levantó y se sorprendió de que la casa estuviera tan silenciosa. Se frotó los ojos y bajó de la cama pisoteando muñecas, pantuflas y ositos. Caminó bostezando por el pasillo. El rumor de la radio se iba haciendo más grave mientras se aproximaba a la luz amarilla que venía de la cocina. Su madre estaba atareada, entregada a una misteriosa faena que Miranda no podía ver desde sus 5 años.
- ¡Buenos días! ¿Querés tomar algo?
- No.- miró a su alrededor, evaluando todo, sintiendo celos de todas las horas que
su madre había pasado ahí sin ella. – No me despertaste.
- Estabas durmiendo…
- ¡Por eso!- Se impacientó y arrojó al vacío de la cocina una cuchara que se
asomaba desde el borde de la mesada. Su madre la miró.
- Miranda, tenés el mismo carácter de la Tía Sari cuando se levanta. – Se agachó
a buscar la cuchara. – Así no me estás ayudando.
- ¡Yo no me quiero parecer a la Tía Sari!- El fastidio era lógico.
- Claro, mi amor, nadie se quiere parecer a la Tía Sari. ¿Me querés ayudar?
- Sí
- Bueno, fijate si vino el sodero.
Perplejidad. Los mayores y su manía de dar por sentado el significado de las
palabras. Primero pensó en preguntarle si el sodero estaba en casa en ese momento. Exploró los pasillos, hasta ese pasillo que va al cuarto de los cachivaches que le daba miedo. No vio al sodero. De hecho, no sabía muy bien qué esperar, ya que nunca había visto al sodero. Seguramente sería un señor con bigotes y hasta anteojos. Se quedó parada en el pasillo, mirando el piso. Estaba perdida. Pero no quiso preguntar, porque quería ayudar. Y preguntando no se ayuda. Así que se dirigió al teléfono. Por lo general cuando los grandes tenían una duda, la descargaban contra uno de esos aparatos con tantos botones tentadores.
Levantó el tubo. El tono le molestó.
- ¿Qué hacés ahí, Miranda? Te dije que fueras a la puerta a ver si vino el
sodero…
Error. Grave error. Nunca se había mencionado una puerta en la consigna. Miranda dejó el tubo, triunfante porque había encontrado una respuesta al levantarlo, sin necesidad de preguntar, y corrió a la puerta. Llegó y la miró. Era enorme. Y seguramente pesada. No se acordaba de haberla abierto sola antes. Se estiró y accionó el picaporte. Una ráfaga de viento fantasma, de esas que corren misteriosamente por los pasillos se coló en el hall, y casi le sacó la puerta de las manos a Miranda, que tiró con todas sus fuerzas para dejarla abierta.
La ráfaga se calmó y apoyó la puerta contra la pared. Miró hacia el pasillo. Lo único que se veía era la línea de luz que se colaba por debajo de la puerta del departamento C, allá a lo lejos, pero la penumbra no era tan espesa como para no notar si ahí había un sodero.
Con la satisfacción de una misión cumplida, y sin reparar en cerrar la pesada puerta otra vez, porque el impulso de anunciar que la misión fue un éxito es más poderoso que terminarla, Miranda vociferó.
- No, no está el sodero.
- ¿Te fijaste si están los sifones?
Esto ya rozaba la falta de respeto. ¿Qué es eso de agregar elementos a la misión cuando una ya está saboreando los laureles de la victoria? ¿Ahora sifones también?
Los vio, orgullosos, en fila como pingüinos junto al marco de la puerta. Sí, ahí estaban.
- ¿Están o no están? – su madre seguía el progreso de la empresa desde la
cocina.
- Sí, están.
- Bueno, traelos.
Miranda los arrastró hasta la cocina.
- Dejalos ahí- le señaló un rincón al lado de la heladera. – Muy bien. Ahora llevá
esos dos que están vacíos y dejáselos al sodero.- Miranda no lo podía creer. ¿No le había aclarado ya que el sodero no estaba ahí afuera? Pero no quiso preguntar por miedo a que la misión se volviera más complicada. Le pareció que lo más lógico que podía hacer, que para nada coincidiría con lo que su madre creyera lógico, era dejar los sifones vacíos en el mismo lugar en dónde había encontrado los llenos.


La ráfaga de viento en el pasillo la transportó. Sí, me dijo que se los deje ahí afuera.
- Está mal. Los soderos jamás pasan dos días seguidos.
- Sí, Miranda, es verdad. Te debés estar acordando mal.
- No, les juro que al otro día pasó el sodero, si hasta mi mamá me dio plata para que…
- Ah, la relación sodero-cliente es un vínculo sagrado.
- El sodero no existe más
- ¿Cómo que no existe más?
- Es un personaje mitológico.
- Bueno, eso es lo que yo creía cuando era chica, como que vivía debajo de los
sifones. No entendía muy bien.
- No hay nada qué explicar. Es mentira, el sodero no es nadie. Nadie los vio
nunca.
- Pero ¿Cómo explicas la presencia de soda en un hogar?
- Supermercados.

Cerró la puerta con dificultad y el sodero ocupó su mente mientras almorzaba mirando la tele, mientras vaciaba el contenido de su habitación en el pasillo para jugar, y mientras pintaba con acuarela en el piso del comedor.
Mientras su madre preparaba la cena, sin que nadie lo sugiriera, volvió a mencionarlo.
- Ya que sos mi secretaria oficial con este asunto, ¿no me querés hacer un
favor más? – Las palabras secretaria y oficial la llenaron de orgullo.
- Ponele esto al sodero.
Miranda tomó el billete con la prestancia que requieren estas situaciones, abrió la
puerta y lo dejó abajo de los sifones. Las preguntas que cruzaron su mente deben haber sido ruidosas, porque su madre la vio entrar y le regaló una explicación de esas que tanto le había mezquinado durante el día.
- Mañana, el sodero deja sifones llenos y se lleva la plata.
Miranda abrió los ojos más grandes, y lo único que pudo imaginar fue que un hombre con bigotes y hasta anteojos vivía debajo de los sifones y los llenaba desde ahí.


Habría que seguir simulando. Un secreto le cruzó los ojos. Y vio todo tan claro. Las etapas de la historia correspondían perfectamente a las etapas de la vida de un hombre. Miranda ahora mismo estaba parada en el Renacimiento de su vida. Casi 14 años. Era la época en la que iba a volver a los mitos de la Edad Antigua, como el del sodero, para reformularlos y hacerlos célebres otra vez. La Edad Media de su pre pubertad la había acallado por medio de vergüenza y miedo al ridículo. Ahora ella se sentía el centro de su universo; volvería a las fuentes clásicas para abrirse caminos y encontrar respuestas. Pero nada se podía decir. No estaba segura de que su teoría fuera bienvenida entre sus pares. Sólo silencio y confundirse con el montón. El secreto consagra y esclaviza. Tal vez, con la primera adolescencia viniera la Era de la Razón, y entonces allí, antes de que el Romanticismo la ciegue de ira contra las instituciones y dogmas, podría exponer su teoría. Sólo sonrió.
(2008)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Veneno

Pasos en falso, seres que se alimentan de odio. Beware! Están por todos lados. Pero no inspiran odio los muy desalmados, sólo pena e impulsos de alejarse lo antes posible. Lo más agresivo que me inspiró alguien jamás, y suplico no volver a pasar por sufrimiento semejante



Si yo hubiera sabido que me estaba condenando a una existencia atada a su persona, a su esencia y a su fragancia, jamás me habría embarcado en la aventura de su cuerpo. Era tétrico. Fue lento y baboso al principio. Recuerdo sentir que no era lo adecuado mientras nos dábamos batalla pausadamente en la cama la primera vez que fue mío. Pero continué, tal vez por un capricho ciego; el de vivir una vida de soltería postergada y el de que mis antojos me llevaran por el camino de la casualidad. Él estaba en mi cama, y yo no podía dejar de repetirme a mí misma lo demente que era todo aquello.
Mis entrañas explotan mientras trato de escribir estas palabras, mis nervios se sedan, me haría bien fumar algo. Y las lágrimas serían tan necesarias ahora, pero no llegan. ¿Qué las estará retrasando?
Nos dábamos cita porque sí, creo que no había nada más que hacer con el tiempo y nos venía bien sentir el calor del otro, dormir abrazados, respirar compañía. Palabras aletargadas, comentarios que eran inocentes y cariñosos, de repente mutaron en una seguidilla de amenazas de muerte y de miedo a dar pasos en falso. Me di cuenta tarde de que la felicidad no estaba invitada a compartir esa vida juntos. Horas se sucedieron, horas de cavilaciones, sospechas. Un cariño fue una vez, pero se convirtió en dura y gélida duda por parte de los dos. Por miedo a enfrentar a nuestros seres verdaderos, esas criaturas verdes y podridas que habitan dentro de nuestro corazón y que nos dictan los movimientos dentro de una relación, nunca nos dimos tiempo para estirar sobre una mesa todos los temblores del alma.
Reconozco que fue una torpeza en pos de la libertad individual, por salvaguardar la singularidad y por razones que ya no recuerdo. Y tantas torpezas, que nunca son bífidas como su lengua, se acumulan hasta formar un gran error que lastima y percude cualquier síntoma de afecto que pudo haber atacado al organismo.
Se acelera un curso de acción, sin conocer muy bien las causalidades del asunto y de repente se siente repulsión por alguien que nos hacía soñar con una voz descascarándose en pasión hacía apenas semanas. Y es así como comenzó mi suplicio.
Una tarde, mirando una nube rosa violácea, decidí que una vez más un cariño caduco me asfixiaba. Y como suelo resolver en seguida estas cuestiones, lo puse en palabras que él pudiera entender y no resintiera.
Sus ojos fueron proyectiles que me dispararon lástima y temor. Por un momento temí por mi vida. Pero volviendo a casa, sola, me sentí a salvo. Hasta que entré a mi casa y ésta ya no era mía. Todos sus discos y libros estaban apretándose en los estantes de mi biblioteca. Su ropa oscura invadía mi closet y su cama era el único lugar que me acogería esa noche. Ninguno de mis efectos personales estaban allí. De hecho mi vasta superficie de esparcimiento estaba limitada a su territorio, y el ahogo era mayor.
Su esencia me perseguía, ahora que yo vivía en su casa. Y esa urgencia por hacerme sentir una mujer, esas ganas de ser recorrida por manos ansiosas no me inundaba más. Era él trabajando desde su entorno, que ahora era el mío y me confundía en un sinfín de aburridas charlas y grises rutinas. Una nostalgia honda clavada en el alma, la falta de niñez pasada a la cual recurrir, la ausencia de presencias en casa, toda mi vida estaba muerta en una caja lejos, lejos de mí.
Y sólo una voz rancia, pestilente me recordaba lo que yo había sido antes de conocerlo, una mujer sin desperdicios, un ser de luz, con planes precarios pero propios, que no sabía amar sino de la manera más pura. Y por seguirlo, por fundirme con él en algún momento del pasado, perdí todo lo que me hacía única.
No estoy en condiciones de odiarlo. (2008)

lunes, 13 de octubre de 2008

(En)Ajena(Dos)

Sólo la permanencia de un tiempo ya lejano y de un amor ya caduco me llevaron a escribirlo.


Habían pasado ya días desde que Troy le gritó. Bren no sabía muy bien qué pensar, pero trataba de no inmutarse y descansaba al abrigo de la idea de que el adiós estaba cerca.
Ella se había quedado mirándolo con lágrimas en los ojos y algunas remeras que acababa de sacar de uno de los cajones de la cómoda. Él la increpaba enérgica pero amablemente.
-Estás sola, yo también. En un momento como éste lo último que necesitamos es que duermas en el otro cuarto. We might as well…
Y we might as well, entonces y así se hizo. Noches abrazándolo en nostalgia y cubriéndose de lástima por sí misma. No había funcionado. Pero sin que ella lo admitiera jamás, un vértigo por verse a la deriva le estaba naciendo en aquél lugar del cuerpo donde las cosas se saben a ciencia cierta, y se sienten meses antes de que sucedan. La inefable, deliciosa certidumbre de lo incierto. Esa casa era de los dos y había que irse. Un dejo de extrañeza velaba sobre la cama si ella llegaba borracha de andar con otra gente, pero él nunca le daba la espalda. La necesidad del otro cuerpo era mutua. Se entregaban como quien convida caramelos a los que tiene cerca. Más que nada, por caridad y por la imperiosa creencia de que esa alma gemela podía estar necesitándolo.
- En estas situaciones no podemos ser mezquinos, y estamos para brindarnos, por el tiempo que nos quede de vivir juntos. – había dicho él, muy sabiamente.
Hoy era el último día del resto de sus vidas lejos del otro. Bren se despertó y lo abrazó por última vez en la mañana. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
- Honey, no otra vez. ¿Siempre vas a llorar? Vamos, que hay que vaciar este
cuarto.- El imperativo disfrazado de rutina forzada la enfermaba, pero ahora ya estaba agonizando. Una de las últimas órdenes a acatar.
Lo único que quedaba en el dormitorio era el colchón en el piso y el canasto de tela que usaban para la ropa sucia.
Uhh, pero no me quiero levantar, hay que sacar las sábanas, yawny person. ¿Y qué hacemos con …?Vamos, metete en la ducha que ya voy. Yo me ocupo de este desorden.
Dulce autoridad. Si comenzaba a enumerar todas las cosas que extrañaría de vivir con Troy, iba a llorar mucho ese día. Esa ducha sería su confidente por última vez. La ambivalencia de todo lo que sentía por él le daba náuseas.
Se despidió de esa vela de gel con el fondo del mar simulado en la base, que ella le había regalado el verano anterior. Ya estaba desgastada y descolorida. Como ellos forzando una relación inconexa. La alfombra del baño. Las toallas. Se las dejo porque me ocupan mucho espacio en las valijas. La ducha no le hizo bien. Se estaba empezando a secar, y Troy hizo su entrada triunfal, siempre sonriendo, siempre pensando en él.
Era un ritual hablar- y olvidarse- de cualquier cosa mientras ella se maquillaba y él
se duchaba. Cantar a dos voces, imitar acentos, contame chistes, pero ahora no porque me voy a lavar los dientes y me atraganto de la risa, te acordás cuando te hiciste pis?, basta, si le contaste a todo el mundo, you bastard, me dijiste eso tan feo? you just wait, te voy a extrañar. Por si acaso la culpa. Nubes otra vez.
Se puso la ropa que dejó afuera de las valijas y bajó corriendo las escaleras a
pesar de las continuas y vanas advertencias de Troy. Pasó por la sala, ese piso la sostendría por última vez hoy. El cuero marrón de los sillones ya no la acunaría si se quedaba sola e insomne a la noche. Los acarició con un amor punzante y abortado. Con rabia Les suspiró un adiós. Se internó en la cocina. Botones accionados por última vez. Esas tazas, la celeste para ella, la blanca para él. Dos de café, nada de azúcar, té con leche y azúcar. Un rito mecánico, resentido por meses, convertido hoy en cariñosa entrega, por una vez que se cae por un precipicio de ausencia de planes y miles de posibilidades abiertas. Apertura a la vida y a los sentidos. No tener por qué justificarse con una borrachera. Troy no iba a llegar a tiempo, porque siempre tarda, él y su vanidad y su espejo y sus ínfulas.
- Se te va a enfriar el café- Como si eso hiciera que baje más rápido.
- Me gusta frío
No importaba tomar el desayuno. Salió al jardín. Tan verde. Eso se quedaría a vivir
en su alma. Un espacio que dejaría de existir en sus mentes dentro de unos meses y quien sabe después. Es hora de que entienda que no necesito alcohol para ser incoherente, gritar y herir de muerte.
¿Y después? Ir en busca de lo que ella quería. No era más que despegarse de su cuerpo y atraparse desde otro cuerpo igual. Poseerse, saborearse, recorrerse infinitamente siguiendo las palpitaciones de su ánimo. Comprobar a qué saben sus besos. Atraparse y levitar junto a ella misma. Que no haya necesidad de decoro, ni de palabras. Sólo leer su propia mente y ejecutar deseos. Era amarse a sí misma. Y creía conocer a alguien así, tan acorde a ella. Y estaba lejos. Un hombre con voz de sábado a la tarde junto al balcón. Se lo había confesado a su amiga Gabi, entre martinis y llanto culposo. Ya no se sentía ella. Volvé. Tenía que volver a ese espacio suyo, tan íntimo, tan libre, tan lleno de palabras escritas con fiebre y desprovisto de todo horario. El tiempo no existe. Sólo lugares. Discontinuos, como el amor. Pero hay una niebla de amnesia sobre… la fría duda le surcó el alma. ¿Y si era verdad que el olvido es primo hermano de la distancia? Pero la distancia disuelve el tiempo, lo torna inocente, volátil, maleable.
Quizás, por culpa de esa vana fantasía decidió que vivir con Troy resultaba quimérico. Un capricho de tiempos pasados, distorsionados por canciones que quedan grabadas en el alma y hacen explotar lágrimas en los ojos.
Y así comenzó el insomnio, la eternidad de los abrazos, la añoranza por una casa que dejaría de existir en cuanto la última caja encintada se fuera, mezclada con la añoranza de un departamento diáfano donde ella podía resurgir, reinventarse, no dar explicaciones y no estar obligada a amar continuamente. Era inevitablemente esperado; partir hacia ese lugar que no sabía si había existido todo aquel tiempo.
Lo vio sentado, conforme y ausente frente a su taza.
- Tengo miedo.- Él la miró y la acarició como si fuera un perrito- Va a ser difícil
estar lejos, y la costumbre. No me quiero despedir.
Se quebró. Se descubrió mirándolo a los ojos. Una voz aprisionada en la garganta aullaba que no se quería ir, que podríamos intentarlo unos meses más. Y hasta ese momento estaba segura de que él necesitaría más consuelo. Insensible, seguro que ya estaba conforme con la ausencia, me va a extrañar en la cama, pero ¿Por qué seguía dándole pena? Por que esos labios eran como estar en casa. En casa. ¿En qué casa? ¿En la de quién? Y cuando las tazas estuvieron limpias, eso ya no era más una casa. Las presencias conforman. Sorda a su garganta y fiel a sus ansias que escaparon salvajemente por fin. Vacía, sin alma. Sus ojos recorrieron cada rincón inanimado y salió dándoles la espalda.
De frente a un futuro incierto a reunirse con lo único que no habría de olvidarla, un departamento lejano y vacío.(2007)

jueves, 24 de julio de 2008

Signos

- ¿La viste hoy? – Intercepté a mi amiga y confidente, que se
apresuraba a parecer ocupada. La situación la ponía tensa, pero yo sabía que por mí haría cualquier cosa, hasta la traición.
- Sí, tenía un vestido rosa. – Me miró, esperando una respuesta, pero
entorné los ojos para imaginarme el tono de rosa. Al ver que no le daría el placer de un comentario reprobatorio, continuó. – Con un moño.
Sólo volví a la realidad de la sala cerrando y abriendo los ojos.
- Qué raro.
Fui hasta la ventana, de paso me aseguré de que nadie estuviera
acercándose por el pasillo, y volví a preguntar a riesgo de que quedara al descubierto mi desmesurada curiosidad.
- ¿Y cómo estaba?
- No sé. Bien.
- Bien, ¿cómo?
- Qué sé yo. Hacía chistes, se reía.
- ¿Chistes? ¿Contaba chistes?
- No, decía cosas graciosas, no sé. Es el modo en que las decía.
- Sí, es graciosa. Ella dice que tiene el don de la comedia.
- Me habías comentado…
- ¿Y…? – Era obvio que quería saber si ella pensaba en mí, pero no
había manera de saberlo. No había manera de que nadie supiera.
- ¿Qué más querés saber?
- No sé… todo…- Y recordé palabras sabias que se colaron
Fortuitamente en mi conciencia por un segundo iluminado. - ¿Cómo tenía los ojos?
Mi amiga dejó sus libros y fotocopias y se sentó.
- Delineados, creo.- Y reflexionó por unos instantes. – Es muy buena
tu pregunta porque sus ojos se veían tristes a pesar de las risas. Y parecía que había llorado.
No pude contestar. Ahora sí que estaba confundido. ¿Qué son estos
signos? Un día somos almas gemelas, y al siguiente no hay manera de sondear sus cavilaciones. Y además de volverse lejana, distante, ¿llora?
- Pero obviamente me pudo haber parecido a mí. Voy a fumar un
pucho.
- Te acompaño.
Me acodé sobre la baranda del balcón y le transmití toda mi frustración
al cigarrillo con un beso largo y apretado. Ese era un momento ideal para contactarla. Pero mi orgullo me lo impedía.
-¿Por qué te aferrás tanto a su recuerdo? Ya tenés con qué entretenerte, ¿no es así?
- No es cuestión de aferrarse. Es algo que no sé explicar de otro modo. Me sirve, es arte, me hace bien. Pero su silencio de esfinge congelada me deja sin recursos.
- Tal vez la respuesta a su acertijo es que no podés permitirte que te haga bien ahora.
- ¿Qué significa eso?
- Lo del ovillo de lana.- Mi amiga besó y sin miramientos arrojó la colilla del cigarrillo por el balcón. La miré de lleno, tratando de leer cada palabra que sus ojos oscuros me describían.
- No sé qué es eso.
- Que la vida se superpone y enlaza con sí misma todo el tiempo, como la lana en un ovillo.
- Ella tiene una teoría así…
- Me lo dijo ella.
Habían estado hablando.
- Me tengo que ir.
Ya no sabía en quién confiar.
Los vacíos de mi vida, ese tiempo muerto entre tarea y tarea, lo que
lleva llegar de un lugar a otro en colectivo, las charlas intrascendentes con gente de cualquier forma y origen, la pena que siento por no poder compartirlo con ella.
Son las terribles ganas que me atacan entre las 5 y las 8, de quedarme solo y poder escribir todo lo que siento, gestar 1 ó 2 fábulas y volver al vacío de la vida conformista. Hacer lo que me ordenan. Pero sus ojos no lo verán. Una certeza gélida me cruza la mente y es aterrador. Tranquilidad, calma, ¡qué despreciable!
Ahora, en pos de su voz diáfana, en busca de un contacto tenue y su risa sarcástica, me pierdo en nieblas de cavilaciones tan intrincadas que me llevan a vivir como si fuera un espectador y dejo que las decisiones se tomen por mí.
Me escapo de mi cuerpo, floto hacia lo que me imagino será su vida en estos momentos. Me deshago en preguntas y creo enloquecer cuando los ojos oscuros de mi confidente no están allí para acercarme un poco más a mi quimera idea de adoración. (2008)

lunes, 16 de junio de 2008

Cíclico

- ¿Catalítico? Noooo, Ballesteros. El calendario Azteca no era catalítico; era cíclico…
En mis cortos 15 años creo que jamás me interesó la diferencia entre un vocablo y el otro; y la manera en que medían el tiempo los Aztecas me tenía sin cuidado, a decir verdad.
- Además, - continuó mi profesora de historia, blandiendo mi examen desaprobado- catalítico es… una estufa de tiro balanceado…
Y ahí el tiempo se detuvo. O se juntó con todos los demás momentos de mi vida. La sola mención de la palabra estufa fue suficiente.
Me transporté inmediatamente con el pensamiento a mi habitación de niña- adolescente. En ese reducido espacio le había suspirado a las paredes cubiertas de pósters los nombres de miles de romeos. El piso de madera conocía el sabor de mis lágrimas, y los marcos de la puerta me vieron salir vestida para enfrentar la oscuridad de una noche corta y sin alcohol en tantas ocasiones.
El sonido y ambiente de una época en lo que todo está por definirse trascendía y perduraba entre aquellas cuatro paredes que conformaban mi habitación. Un color de pelo osado. Música foránea y secreta. Lágrimas furtivas. Primeras palabras en papel. Y el vértigo – no deseado- de que nada haya ocurrido aún. Un corazón dispuesto a ser marcado. Todo este desfile de adornos rodeaba al epicentro de aquel universo, mi estufa.
Ella estaba al lado del escritorio. Era la primera que leía mis escritos. En invierno confiaba en ella para que me apoyara moralmente; para que me diera coraje y poder seguir con mi entonces simple y despreocupada vida. En verano, era un fiel estante. Siempre dispuesta a sostener lo que no entrara en otro lugar.
Y el hecho de que fuera de tiro balanceado me llevó a alimentar a las más descabelladas fantasías y también a creerlas desde la más tierna edad. Muy dentro de mí, una voluntad irrefrenable de descubrir una veta mágica en mi estufa me impulsaba a volar con la imaginación.
Como aquella vez en la cual, explorando mi estufa y habiendo descubierto que tenía una comunicación al exterior, supuse que sería muy tonto de mi parte no probar semejante aparato de fonación. Pasé tardes enteras vociferándole a mi estufa. Pero evaluar el resultado de tan ambiciosa empresa se tornaba imposible si no había quién diera fe de su correcto funcionamiento.
Convoqué a una de mis amiguitas del edificio, que gozaba de un ejemplar de estufa similar al mío, y le expliqué los detalles del funcionamiento del aparato, de acuerdo con lo que yo creía en aquel entonces. Las instrucciones eran simples: si había algo que ella quisiera decirme, no tenía más que decirlo en voz alta cerca de la estufa, y yo, con la oreja apoyada en mi aparato, la escucharía.
Tras varios intentos, tuve que admitir que mi teoría había fracasado tristemente.
Sin embargo, luego de varios años, a los 15, el sonido de la palabra estufa me traía significados nuevos.
El portero de la escuela, Horacio, era el encargado de encender las viejas estufas en cada aula. Como se avecinaban los meses más fríos, ya era habitual encontrarse con Horacio en el aula en la primera hora, forcejeando con los aparatos.
Por eso fue extraño no verlo en la primera hora el jueves. Ni en la segunda. De la tercera no nos percatamos. Pero en un momento entre la quinta y la sexta hora una de mis compañeras dijo:
- ¿Por qué no vino Horacio a prender la estufa? ¿No tienen frío
ustedes?
Todas nos miramos y estuvimos de acuerdo en que era vital y
necesario que Horacio viniera a encender aquel aparato. Pero no vino.
No sólo no vino Horacio, sino que dos hombres que no conocíamos vinieron a desinstalar la vieja estufa.
¡Eso sí que no podíamos permitirlo! Organizamos una sentada en el patio, nos quejamos, nos indignamos, pero sólo obtuvimos silencio como respuesta.
Al día siguiente, sin ánimos de enfrentar una jornada sin estufa, (aunque era viernes, y a los 15 esa es razón suficiente para que reine la felicidad absoluta) nos encaminamos pesadamente al aula.
Nos sorprendió la flamante estufa de tiro balanceado que señoreaba el aula, y nos sentimos tan satisfechas que parecía viernes antes de un fin de semana largo. Pero la sorpresa mayor no fue el haber adquirido una estufa. Lo especial sobre esta estufa se dio a conocer a medida que fue transcurriendo el día.
Primero, mientras nos comunicábamos las unas a las otras las bondades de la nueva estufa, una de mis compañeras dijo:
- ¡Uh! Ahora tenemos química. Ojalá que no venga la profesora.
Era un comentario bastante baqueteado en aquella aula, así que
nadie le dio mayor importancia. Cinco minutos más tarde nos comunicaron que la profesora de química no vendría por haber tenido un contratiempo.
No podría describir con palabras la alegría que nos inundó. Nos dispusimos a pasar la hora libre de la mejor manera posible; escuchando música, jugando a las cartas, recorriendo las instalaciones de la escuela.
Mientras se sucedía un animado juego de cartas entre 4 de mis compañeras y yo, una de las chicas que no estaba jugando le gritó a Luli desde al lado de la estufa.
- ¿Me ayudás con la tarea de matemática después?
- Pará que estoy jugando- contestó Luli, muy concentrada.
Ella era invencible jugando al Jodete y esta era una partida en que no iba a dejarse ganar.
- ¡Dale! ¡Ayudame ahora!
Luli no le contestó; estaba demasiado enfrascada en el juego.
Miré a la chica que se indignaba al lado de la estufa y la oí decir:
“Espero que pierdas.”
Y en ese instante, Luli olvidó decir que le quedaba una sola carta, y
tuvo que levantar 10 cartas del mazo, dándole así la oportunidad de ganar a María Pía, que nunca había ganado.
- Increíble- pensé.
Me quedé mirando la estufa largamente.
El juego se disolvió por una disputa predecible entre Luli y María Pía; y yo, aprovechando esa discordia, me dirigí hacia la estufa.
Me senté al lado del aparato.
Marikena vino con su walkman a sentarse conmigo.
- ¿Qué escuchas?- le pregunté de manera ausente.
- La radio. Están pasando Marilyn Manson. ¿Querés escuchar?
- Bueno- y una melodía funesta pero cautivante nos percudió los
tímpanos por un rato. Marikena era una gran admiradora de esa banda.
- Me encantan, los amo. Espero que alguna vez vengan a la
Argentina.- Ni bien Marikena concluyó esa frase desiderativa, el locutor anunció: “Se ha confirmado la visita de Marilyn Manson a la Argentina. Se presentará el próximo octubre en el estadio…”
Marikena saltó de alegría y corrió – con walkman incorporado- a propagar la noticia entre quienes la encontrarían de interés.
Yo me quedé boquiabierta al lado de la estufa.
Secretamente, supe que yo era la única persona dentro de esa aula
que sabía del poder de la estufa. Entonces, me acerqué cautelosamente y le susurré mi deseo.
Hace 15 años de esto, y yo sigo igual. En el mismo lugar, con las mismas compañeras, dentro de una realidad cíclica, sin años de más ni tiempos pasados.
Ya deben saber cuál fue mi deseo. (2007)