sábado, 27 de diciembre de 2008

Ó(b)s(tá)culo

El presagio de un deseo concedido




Estaban allí, esperándola, y entre los invitados estaría él. Un príncipe. ¿Palabras, rumores? No podía imaginarlos. Le daba vértigo pensar en todos sus allegados allí reunidos, aguardando su entrada a la fiesta, como tantas otras veces.
No hay que olvidar que ese color va a causar revuelo, o al menos comentarios poco favorables, había dicho su confidente. ¿Por qué solía disparar verdades con tan poco tacto? Es el cariño lo que lo hacía enunciar juicios tan inhumanamente premonitorios. Siempre estaba acertado.
No importaba el vestido; todos ya sabían que le gustaba disfrazarse, y ser estridente era su marca personal. Estridente y anacrónica en el vestir.
Ese era el problema; ella ya estaba acostumbrada a hacer entradas triunfales. Era el ritual de siempre: el de esperar pacientemente con su estupefaciente dama de compañía en la recámara, reír sin freno, soñar con música y acomodar su vestido. Ese color es hipnotizantemente adictivo. ¿Y por qué estaba nerviosa ahora? Era la promesa del príncipe. Había habido un contacto, una mesa larga llena de extraños comensales dispuestos a entretenerla con relatos imaginarios o no. Pero sólo él era el destinatario de todas sus sonrisas. Porque era verdad lo que comentan, ella no le sonreía a nadie fehacientemente. Sólo de compromiso a quien se aventuraba a bailar con ella, para luego sugerirle que deseaba quedarse sola.
El humo, las luces, el desenfrenado regreso del baño a los saltos porque están pasando esa canción, el escote ceñido, el oropel, el protocolo, el abanico y gritar letras que resuelven disyuntivas a coro, dejando el alma sobre ese suelo de madera pulida. Vestidos yendo y viniendo, vasos y botellas, damas especulando, caballeros a la expectativa. Ojos protagonistas, espadando sin tregua y armarse de coraje para llegar y ser anunciada. Saludar, abrazar a gente que sólo es real entre aquellas paredes, bromas, besos, miradas otra vez.
¿Sabrán ellos que lo estoy buscando?
Guardarropas, besos, barra. Esta canción ya la tendrían que dejar de pasar. Pero a la gente le gusta; ya sale algo más de tu estilo. A la derecha el Conde de… A tu izquierda, la Marquesa de … A esa señora sonreíle más, cuidado que tiene un hijo soltero que no te va a gustar. ¿No me podés ayudar con cierto príncipe que…? Nena, yo no puedo, me siento mal metiéndome en esas cosas, teniendo en cuenta que vos en tu pasado… Vas a tener que arreglarte sola. Todos te conocen.
Y esas palabras de su confidente y guía le describían un interrogante mayor. Había que deslumbrar sutilmente. Ese color era la respuesta. Estaba segura.
Entró inhalando fuerte todo ese conjunto de almas conjuradas para hacerla sentir viva una vez más. Un séquito fiel y un guía certero.
Estamos hablando de un centenar de personas que se trasladan constantemente de un lugar a otro. Y tantos personajes legendarios encerrados en aquél número. Sorpresas, resurgimientos de entre las cenizas- como a todos nos ha pasado; todos portamos nuestras heridas de guerra altaneramente.
Mirándonos los pies con un mareo vertiginoso y respirando esa esencia encantadora, euforia, decoro, que no se note que miro siempre hacia aquel lado.
Sabes que no es la última vez… sé más discreta. Fiel séquito de tres personas, siempre pendiente de los movimientos. El alma se cuela a través del violeta y salta, al descubierto, evidente. Un temblor sin precedentes.
Ojos en duelo, ojos que se adivinan lejos y se atraen. Una charla que se va a extender en sueños por una semana.
El príncipe se acercó.
Ella rió divertida y decidió internarse en sus ojos. ¿Cómo se describen con palabras las ansias, el anhelo? ¿Cómo se transmiten deseos prescindiendo del contacto? La corte lo vería mal si ella tomaba el primer paso. Y él le refería anécdotas, porque vos el otro día dijiste… no, no hablaba de eso, más risas y el inevitable nos vemos luego ante miradas expectantes y curiosas.
Que una canción nos rescate. Dejarse llevar sin pausa y que el cuerpo hable. ¡Qué éxito que tenés! No me jodas, vos sabés exactamente lo que quiero y me está costando. Pero, su Excelencia, no creo que sea prudente, si es lo que el destino favorece. No me hables del destino, que no tiene nada que ver. También ese color, los invitados murmuran. Vos sabías que ibas a llevarte ojos con vos a donde fueras. Y eso se nota. Permítame decir que sus caprichos de cortejo le pueden jugar en contra.
La única aliada es la música. Nos ilumina. ¿Alejarnos de este guía? Refugio sonoro, refugio líquido. Malos consejeros.
Una mancha violeta se propagó a través de la multitud, ante los ojos azorados de su dama de compañía. Los músicos titubearon. Jamás se detengan, gimió en su carrera. Cuerpos inertes se entrometían en su camino, ni siquiera sabía si corría en la dirección correcta. Lo adivinó a lo lejos. Como un proyectil hacia sus ojos.
Siempre le habían advertido que los impulsos dan fin a un placer prolongable. Se internó tozudamente en su mirada. Tratando de salvaguardar su honor, su séquito se precipitó. Una sofocación súbita la inundó al vislumbrar el final del secreto por develar mientras el príncipe abrazaba su ser violeta y la enfrentaba para disgusto y horror de la corte.
Se desplomó sobre él, la vimos caer y se revolucionó el salón. No era más que una laguna violeta cubriéndolo. Creo que estaban pasando Tainted Love. (2008)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Shh

Miranda se levantó y se sorprendió de que la casa estuviera tan silenciosa. Se frotó los ojos y bajó de la cama pisoteando muñecas, pantuflas y ositos. Caminó bostezando por el pasillo. El rumor de la radio se iba haciendo más grave mientras se aproximaba a la luz amarilla que venía de la cocina. Su madre estaba atareada, entregada a una misteriosa faena que Miranda no podía ver desde sus 5 años.
- ¡Buenos días! ¿Querés tomar algo?
- No.- miró a su alrededor, evaluando todo, sintiendo celos de todas las horas que
su madre había pasado ahí sin ella. – No me despertaste.
- Estabas durmiendo…
- ¡Por eso!- Se impacientó y arrojó al vacío de la cocina una cuchara que se
asomaba desde el borde de la mesada. Su madre la miró.
- Miranda, tenés el mismo carácter de la Tía Sari cuando se levanta. – Se agachó
a buscar la cuchara. – Así no me estás ayudando.
- ¡Yo no me quiero parecer a la Tía Sari!- El fastidio era lógico.
- Claro, mi amor, nadie se quiere parecer a la Tía Sari. ¿Me querés ayudar?
- Sí
- Bueno, fijate si vino el sodero.
Perplejidad. Los mayores y su manía de dar por sentado el significado de las
palabras. Primero pensó en preguntarle si el sodero estaba en casa en ese momento. Exploró los pasillos, hasta ese pasillo que va al cuarto de los cachivaches que le daba miedo. No vio al sodero. De hecho, no sabía muy bien qué esperar, ya que nunca había visto al sodero. Seguramente sería un señor con bigotes y hasta anteojos. Se quedó parada en el pasillo, mirando el piso. Estaba perdida. Pero no quiso preguntar, porque quería ayudar. Y preguntando no se ayuda. Así que se dirigió al teléfono. Por lo general cuando los grandes tenían una duda, la descargaban contra uno de esos aparatos con tantos botones tentadores.
Levantó el tubo. El tono le molestó.
- ¿Qué hacés ahí, Miranda? Te dije que fueras a la puerta a ver si vino el
sodero…
Error. Grave error. Nunca se había mencionado una puerta en la consigna. Miranda dejó el tubo, triunfante porque había encontrado una respuesta al levantarlo, sin necesidad de preguntar, y corrió a la puerta. Llegó y la miró. Era enorme. Y seguramente pesada. No se acordaba de haberla abierto sola antes. Se estiró y accionó el picaporte. Una ráfaga de viento fantasma, de esas que corren misteriosamente por los pasillos se coló en el hall, y casi le sacó la puerta de las manos a Miranda, que tiró con todas sus fuerzas para dejarla abierta.
La ráfaga se calmó y apoyó la puerta contra la pared. Miró hacia el pasillo. Lo único que se veía era la línea de luz que se colaba por debajo de la puerta del departamento C, allá a lo lejos, pero la penumbra no era tan espesa como para no notar si ahí había un sodero.
Con la satisfacción de una misión cumplida, y sin reparar en cerrar la pesada puerta otra vez, porque el impulso de anunciar que la misión fue un éxito es más poderoso que terminarla, Miranda vociferó.
- No, no está el sodero.
- ¿Te fijaste si están los sifones?
Esto ya rozaba la falta de respeto. ¿Qué es eso de agregar elementos a la misión cuando una ya está saboreando los laureles de la victoria? ¿Ahora sifones también?
Los vio, orgullosos, en fila como pingüinos junto al marco de la puerta. Sí, ahí estaban.
- ¿Están o no están? – su madre seguía el progreso de la empresa desde la
cocina.
- Sí, están.
- Bueno, traelos.
Miranda los arrastró hasta la cocina.
- Dejalos ahí- le señaló un rincón al lado de la heladera. – Muy bien. Ahora llevá
esos dos que están vacíos y dejáselos al sodero.- Miranda no lo podía creer. ¿No le había aclarado ya que el sodero no estaba ahí afuera? Pero no quiso preguntar por miedo a que la misión se volviera más complicada. Le pareció que lo más lógico que podía hacer, que para nada coincidiría con lo que su madre creyera lógico, era dejar los sifones vacíos en el mismo lugar en dónde había encontrado los llenos.


La ráfaga de viento en el pasillo la transportó. Sí, me dijo que se los deje ahí afuera.
- Está mal. Los soderos jamás pasan dos días seguidos.
- Sí, Miranda, es verdad. Te debés estar acordando mal.
- No, les juro que al otro día pasó el sodero, si hasta mi mamá me dio plata para que…
- Ah, la relación sodero-cliente es un vínculo sagrado.
- El sodero no existe más
- ¿Cómo que no existe más?
- Es un personaje mitológico.
- Bueno, eso es lo que yo creía cuando era chica, como que vivía debajo de los
sifones. No entendía muy bien.
- No hay nada qué explicar. Es mentira, el sodero no es nadie. Nadie los vio
nunca.
- Pero ¿Cómo explicas la presencia de soda en un hogar?
- Supermercados.

Cerró la puerta con dificultad y el sodero ocupó su mente mientras almorzaba mirando la tele, mientras vaciaba el contenido de su habitación en el pasillo para jugar, y mientras pintaba con acuarela en el piso del comedor.
Mientras su madre preparaba la cena, sin que nadie lo sugiriera, volvió a mencionarlo.
- Ya que sos mi secretaria oficial con este asunto, ¿no me querés hacer un
favor más? – Las palabras secretaria y oficial la llenaron de orgullo.
- Ponele esto al sodero.
Miranda tomó el billete con la prestancia que requieren estas situaciones, abrió la
puerta y lo dejó abajo de los sifones. Las preguntas que cruzaron su mente deben haber sido ruidosas, porque su madre la vio entrar y le regaló una explicación de esas que tanto le había mezquinado durante el día.
- Mañana, el sodero deja sifones llenos y se lleva la plata.
Miranda abrió los ojos más grandes, y lo único que pudo imaginar fue que un hombre con bigotes y hasta anteojos vivía debajo de los sifones y los llenaba desde ahí.


Habría que seguir simulando. Un secreto le cruzó los ojos. Y vio todo tan claro. Las etapas de la historia correspondían perfectamente a las etapas de la vida de un hombre. Miranda ahora mismo estaba parada en el Renacimiento de su vida. Casi 14 años. Era la época en la que iba a volver a los mitos de la Edad Antigua, como el del sodero, para reformularlos y hacerlos célebres otra vez. La Edad Media de su pre pubertad la había acallado por medio de vergüenza y miedo al ridículo. Ahora ella se sentía el centro de su universo; volvería a las fuentes clásicas para abrirse caminos y encontrar respuestas. Pero nada se podía decir. No estaba segura de que su teoría fuera bienvenida entre sus pares. Sólo silencio y confundirse con el montón. El secreto consagra y esclaviza. Tal vez, con la primera adolescencia viniera la Era de la Razón, y entonces allí, antes de que el Romanticismo la ciegue de ira contra las instituciones y dogmas, podría exponer su teoría. Sólo sonrió.
(2008)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Veneno

Pasos en falso, seres que se alimentan de odio. Beware! Están por todos lados. Pero no inspiran odio los muy desalmados, sólo pena e impulsos de alejarse lo antes posible. Lo más agresivo que me inspiró alguien jamás, y suplico no volver a pasar por sufrimiento semejante



Si yo hubiera sabido que me estaba condenando a una existencia atada a su persona, a su esencia y a su fragancia, jamás me habría embarcado en la aventura de su cuerpo. Era tétrico. Fue lento y baboso al principio. Recuerdo sentir que no era lo adecuado mientras nos dábamos batalla pausadamente en la cama la primera vez que fue mío. Pero continué, tal vez por un capricho ciego; el de vivir una vida de soltería postergada y el de que mis antojos me llevaran por el camino de la casualidad. Él estaba en mi cama, y yo no podía dejar de repetirme a mí misma lo demente que era todo aquello.
Mis entrañas explotan mientras trato de escribir estas palabras, mis nervios se sedan, me haría bien fumar algo. Y las lágrimas serían tan necesarias ahora, pero no llegan. ¿Qué las estará retrasando?
Nos dábamos cita porque sí, creo que no había nada más que hacer con el tiempo y nos venía bien sentir el calor del otro, dormir abrazados, respirar compañía. Palabras aletargadas, comentarios que eran inocentes y cariñosos, de repente mutaron en una seguidilla de amenazas de muerte y de miedo a dar pasos en falso. Me di cuenta tarde de que la felicidad no estaba invitada a compartir esa vida juntos. Horas se sucedieron, horas de cavilaciones, sospechas. Un cariño fue una vez, pero se convirtió en dura y gélida duda por parte de los dos. Por miedo a enfrentar a nuestros seres verdaderos, esas criaturas verdes y podridas que habitan dentro de nuestro corazón y que nos dictan los movimientos dentro de una relación, nunca nos dimos tiempo para estirar sobre una mesa todos los temblores del alma.
Reconozco que fue una torpeza en pos de la libertad individual, por salvaguardar la singularidad y por razones que ya no recuerdo. Y tantas torpezas, que nunca son bífidas como su lengua, se acumulan hasta formar un gran error que lastima y percude cualquier síntoma de afecto que pudo haber atacado al organismo.
Se acelera un curso de acción, sin conocer muy bien las causalidades del asunto y de repente se siente repulsión por alguien que nos hacía soñar con una voz descascarándose en pasión hacía apenas semanas. Y es así como comenzó mi suplicio.
Una tarde, mirando una nube rosa violácea, decidí que una vez más un cariño caduco me asfixiaba. Y como suelo resolver en seguida estas cuestiones, lo puse en palabras que él pudiera entender y no resintiera.
Sus ojos fueron proyectiles que me dispararon lástima y temor. Por un momento temí por mi vida. Pero volviendo a casa, sola, me sentí a salvo. Hasta que entré a mi casa y ésta ya no era mía. Todos sus discos y libros estaban apretándose en los estantes de mi biblioteca. Su ropa oscura invadía mi closet y su cama era el único lugar que me acogería esa noche. Ninguno de mis efectos personales estaban allí. De hecho mi vasta superficie de esparcimiento estaba limitada a su territorio, y el ahogo era mayor.
Su esencia me perseguía, ahora que yo vivía en su casa. Y esa urgencia por hacerme sentir una mujer, esas ganas de ser recorrida por manos ansiosas no me inundaba más. Era él trabajando desde su entorno, que ahora era el mío y me confundía en un sinfín de aburridas charlas y grises rutinas. Una nostalgia honda clavada en el alma, la falta de niñez pasada a la cual recurrir, la ausencia de presencias en casa, toda mi vida estaba muerta en una caja lejos, lejos de mí.
Y sólo una voz rancia, pestilente me recordaba lo que yo había sido antes de conocerlo, una mujer sin desperdicios, un ser de luz, con planes precarios pero propios, que no sabía amar sino de la manera más pura. Y por seguirlo, por fundirme con él en algún momento del pasado, perdí todo lo que me hacía única.
No estoy en condiciones de odiarlo. (2008)

lunes, 13 de octubre de 2008

(En)Ajena(Dos)

Sólo la permanencia de un tiempo ya lejano y de un amor ya caduco me llevaron a escribirlo.


Habían pasado ya días desde que Troy le gritó. Bren no sabía muy bien qué pensar, pero trataba de no inmutarse y descansaba al abrigo de la idea de que el adiós estaba cerca.
Ella se había quedado mirándolo con lágrimas en los ojos y algunas remeras que acababa de sacar de uno de los cajones de la cómoda. Él la increpaba enérgica pero amablemente.
-Estás sola, yo también. En un momento como éste lo último que necesitamos es que duermas en el otro cuarto. We might as well…
Y we might as well, entonces y así se hizo. Noches abrazándolo en nostalgia y cubriéndose de lástima por sí misma. No había funcionado. Pero sin que ella lo admitiera jamás, un vértigo por verse a la deriva le estaba naciendo en aquél lugar del cuerpo donde las cosas se saben a ciencia cierta, y se sienten meses antes de que sucedan. La inefable, deliciosa certidumbre de lo incierto. Esa casa era de los dos y había que irse. Un dejo de extrañeza velaba sobre la cama si ella llegaba borracha de andar con otra gente, pero él nunca le daba la espalda. La necesidad del otro cuerpo era mutua. Se entregaban como quien convida caramelos a los que tiene cerca. Más que nada, por caridad y por la imperiosa creencia de que esa alma gemela podía estar necesitándolo.
- En estas situaciones no podemos ser mezquinos, y estamos para brindarnos, por el tiempo que nos quede de vivir juntos. – había dicho él, muy sabiamente.
Hoy era el último día del resto de sus vidas lejos del otro. Bren se despertó y lo abrazó por última vez en la mañana. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
- Honey, no otra vez. ¿Siempre vas a llorar? Vamos, que hay que vaciar este
cuarto.- El imperativo disfrazado de rutina forzada la enfermaba, pero ahora ya estaba agonizando. Una de las últimas órdenes a acatar.
Lo único que quedaba en el dormitorio era el colchón en el piso y el canasto de tela que usaban para la ropa sucia.
Uhh, pero no me quiero levantar, hay que sacar las sábanas, yawny person. ¿Y qué hacemos con …?Vamos, metete en la ducha que ya voy. Yo me ocupo de este desorden.
Dulce autoridad. Si comenzaba a enumerar todas las cosas que extrañaría de vivir con Troy, iba a llorar mucho ese día. Esa ducha sería su confidente por última vez. La ambivalencia de todo lo que sentía por él le daba náuseas.
Se despidió de esa vela de gel con el fondo del mar simulado en la base, que ella le había regalado el verano anterior. Ya estaba desgastada y descolorida. Como ellos forzando una relación inconexa. La alfombra del baño. Las toallas. Se las dejo porque me ocupan mucho espacio en las valijas. La ducha no le hizo bien. Se estaba empezando a secar, y Troy hizo su entrada triunfal, siempre sonriendo, siempre pensando en él.
Era un ritual hablar- y olvidarse- de cualquier cosa mientras ella se maquillaba y él
se duchaba. Cantar a dos voces, imitar acentos, contame chistes, pero ahora no porque me voy a lavar los dientes y me atraganto de la risa, te acordás cuando te hiciste pis?, basta, si le contaste a todo el mundo, you bastard, me dijiste eso tan feo? you just wait, te voy a extrañar. Por si acaso la culpa. Nubes otra vez.
Se puso la ropa que dejó afuera de las valijas y bajó corriendo las escaleras a
pesar de las continuas y vanas advertencias de Troy. Pasó por la sala, ese piso la sostendría por última vez hoy. El cuero marrón de los sillones ya no la acunaría si se quedaba sola e insomne a la noche. Los acarició con un amor punzante y abortado. Con rabia Les suspiró un adiós. Se internó en la cocina. Botones accionados por última vez. Esas tazas, la celeste para ella, la blanca para él. Dos de café, nada de azúcar, té con leche y azúcar. Un rito mecánico, resentido por meses, convertido hoy en cariñosa entrega, por una vez que se cae por un precipicio de ausencia de planes y miles de posibilidades abiertas. Apertura a la vida y a los sentidos. No tener por qué justificarse con una borrachera. Troy no iba a llegar a tiempo, porque siempre tarda, él y su vanidad y su espejo y sus ínfulas.
- Se te va a enfriar el café- Como si eso hiciera que baje más rápido.
- Me gusta frío
No importaba tomar el desayuno. Salió al jardín. Tan verde. Eso se quedaría a vivir
en su alma. Un espacio que dejaría de existir en sus mentes dentro de unos meses y quien sabe después. Es hora de que entienda que no necesito alcohol para ser incoherente, gritar y herir de muerte.
¿Y después? Ir en busca de lo que ella quería. No era más que despegarse de su cuerpo y atraparse desde otro cuerpo igual. Poseerse, saborearse, recorrerse infinitamente siguiendo las palpitaciones de su ánimo. Comprobar a qué saben sus besos. Atraparse y levitar junto a ella misma. Que no haya necesidad de decoro, ni de palabras. Sólo leer su propia mente y ejecutar deseos. Era amarse a sí misma. Y creía conocer a alguien así, tan acorde a ella. Y estaba lejos. Un hombre con voz de sábado a la tarde junto al balcón. Se lo había confesado a su amiga Gabi, entre martinis y llanto culposo. Ya no se sentía ella. Volvé. Tenía que volver a ese espacio suyo, tan íntimo, tan libre, tan lleno de palabras escritas con fiebre y desprovisto de todo horario. El tiempo no existe. Sólo lugares. Discontinuos, como el amor. Pero hay una niebla de amnesia sobre… la fría duda le surcó el alma. ¿Y si era verdad que el olvido es primo hermano de la distancia? Pero la distancia disuelve el tiempo, lo torna inocente, volátil, maleable.
Quizás, por culpa de esa vana fantasía decidió que vivir con Troy resultaba quimérico. Un capricho de tiempos pasados, distorsionados por canciones que quedan grabadas en el alma y hacen explotar lágrimas en los ojos.
Y así comenzó el insomnio, la eternidad de los abrazos, la añoranza por una casa que dejaría de existir en cuanto la última caja encintada se fuera, mezclada con la añoranza de un departamento diáfano donde ella podía resurgir, reinventarse, no dar explicaciones y no estar obligada a amar continuamente. Era inevitablemente esperado; partir hacia ese lugar que no sabía si había existido todo aquel tiempo.
Lo vio sentado, conforme y ausente frente a su taza.
- Tengo miedo.- Él la miró y la acarició como si fuera un perrito- Va a ser difícil
estar lejos, y la costumbre. No me quiero despedir.
Se quebró. Se descubrió mirándolo a los ojos. Una voz aprisionada en la garganta aullaba que no se quería ir, que podríamos intentarlo unos meses más. Y hasta ese momento estaba segura de que él necesitaría más consuelo. Insensible, seguro que ya estaba conforme con la ausencia, me va a extrañar en la cama, pero ¿Por qué seguía dándole pena? Por que esos labios eran como estar en casa. En casa. ¿En qué casa? ¿En la de quién? Y cuando las tazas estuvieron limpias, eso ya no era más una casa. Las presencias conforman. Sorda a su garganta y fiel a sus ansias que escaparon salvajemente por fin. Vacía, sin alma. Sus ojos recorrieron cada rincón inanimado y salió dándoles la espalda.
De frente a un futuro incierto a reunirse con lo único que no habría de olvidarla, un departamento lejano y vacío.(2007)

jueves, 24 de julio de 2008

Signos

- ¿La viste hoy? – Intercepté a mi amiga y confidente, que se
apresuraba a parecer ocupada. La situación la ponía tensa, pero yo sabía que por mí haría cualquier cosa, hasta la traición.
- Sí, tenía un vestido rosa. – Me miró, esperando una respuesta, pero
entorné los ojos para imaginarme el tono de rosa. Al ver que no le daría el placer de un comentario reprobatorio, continuó. – Con un moño.
Sólo volví a la realidad de la sala cerrando y abriendo los ojos.
- Qué raro.
Fui hasta la ventana, de paso me aseguré de que nadie estuviera
acercándose por el pasillo, y volví a preguntar a riesgo de que quedara al descubierto mi desmesurada curiosidad.
- ¿Y cómo estaba?
- No sé. Bien.
- Bien, ¿cómo?
- Qué sé yo. Hacía chistes, se reía.
- ¿Chistes? ¿Contaba chistes?
- No, decía cosas graciosas, no sé. Es el modo en que las decía.
- Sí, es graciosa. Ella dice que tiene el don de la comedia.
- Me habías comentado…
- ¿Y…? – Era obvio que quería saber si ella pensaba en mí, pero no
había manera de saberlo. No había manera de que nadie supiera.
- ¿Qué más querés saber?
- No sé… todo…- Y recordé palabras sabias que se colaron
Fortuitamente en mi conciencia por un segundo iluminado. - ¿Cómo tenía los ojos?
Mi amiga dejó sus libros y fotocopias y se sentó.
- Delineados, creo.- Y reflexionó por unos instantes. – Es muy buena
tu pregunta porque sus ojos se veían tristes a pesar de las risas. Y parecía que había llorado.
No pude contestar. Ahora sí que estaba confundido. ¿Qué son estos
signos? Un día somos almas gemelas, y al siguiente no hay manera de sondear sus cavilaciones. Y además de volverse lejana, distante, ¿llora?
- Pero obviamente me pudo haber parecido a mí. Voy a fumar un
pucho.
- Te acompaño.
Me acodé sobre la baranda del balcón y le transmití toda mi frustración
al cigarrillo con un beso largo y apretado. Ese era un momento ideal para contactarla. Pero mi orgullo me lo impedía.
-¿Por qué te aferrás tanto a su recuerdo? Ya tenés con qué entretenerte, ¿no es así?
- No es cuestión de aferrarse. Es algo que no sé explicar de otro modo. Me sirve, es arte, me hace bien. Pero su silencio de esfinge congelada me deja sin recursos.
- Tal vez la respuesta a su acertijo es que no podés permitirte que te haga bien ahora.
- ¿Qué significa eso?
- Lo del ovillo de lana.- Mi amiga besó y sin miramientos arrojó la colilla del cigarrillo por el balcón. La miré de lleno, tratando de leer cada palabra que sus ojos oscuros me describían.
- No sé qué es eso.
- Que la vida se superpone y enlaza con sí misma todo el tiempo, como la lana en un ovillo.
- Ella tiene una teoría así…
- Me lo dijo ella.
Habían estado hablando.
- Me tengo que ir.
Ya no sabía en quién confiar.
Los vacíos de mi vida, ese tiempo muerto entre tarea y tarea, lo que
lleva llegar de un lugar a otro en colectivo, las charlas intrascendentes con gente de cualquier forma y origen, la pena que siento por no poder compartirlo con ella.
Son las terribles ganas que me atacan entre las 5 y las 8, de quedarme solo y poder escribir todo lo que siento, gestar 1 ó 2 fábulas y volver al vacío de la vida conformista. Hacer lo que me ordenan. Pero sus ojos no lo verán. Una certeza gélida me cruza la mente y es aterrador. Tranquilidad, calma, ¡qué despreciable!
Ahora, en pos de su voz diáfana, en busca de un contacto tenue y su risa sarcástica, me pierdo en nieblas de cavilaciones tan intrincadas que me llevan a vivir como si fuera un espectador y dejo que las decisiones se tomen por mí.
Me escapo de mi cuerpo, floto hacia lo que me imagino será su vida en estos momentos. Me deshago en preguntas y creo enloquecer cuando los ojos oscuros de mi confidente no están allí para acercarme un poco más a mi quimera idea de adoración. (2008)

lunes, 16 de junio de 2008

Cíclico

- ¿Catalítico? Noooo, Ballesteros. El calendario Azteca no era catalítico; era cíclico…
En mis cortos 15 años creo que jamás me interesó la diferencia entre un vocablo y el otro; y la manera en que medían el tiempo los Aztecas me tenía sin cuidado, a decir verdad.
- Además, - continuó mi profesora de historia, blandiendo mi examen desaprobado- catalítico es… una estufa de tiro balanceado…
Y ahí el tiempo se detuvo. O se juntó con todos los demás momentos de mi vida. La sola mención de la palabra estufa fue suficiente.
Me transporté inmediatamente con el pensamiento a mi habitación de niña- adolescente. En ese reducido espacio le había suspirado a las paredes cubiertas de pósters los nombres de miles de romeos. El piso de madera conocía el sabor de mis lágrimas, y los marcos de la puerta me vieron salir vestida para enfrentar la oscuridad de una noche corta y sin alcohol en tantas ocasiones.
El sonido y ambiente de una época en lo que todo está por definirse trascendía y perduraba entre aquellas cuatro paredes que conformaban mi habitación. Un color de pelo osado. Música foránea y secreta. Lágrimas furtivas. Primeras palabras en papel. Y el vértigo – no deseado- de que nada haya ocurrido aún. Un corazón dispuesto a ser marcado. Todo este desfile de adornos rodeaba al epicentro de aquel universo, mi estufa.
Ella estaba al lado del escritorio. Era la primera que leía mis escritos. En invierno confiaba en ella para que me apoyara moralmente; para que me diera coraje y poder seguir con mi entonces simple y despreocupada vida. En verano, era un fiel estante. Siempre dispuesta a sostener lo que no entrara en otro lugar.
Y el hecho de que fuera de tiro balanceado me llevó a alimentar a las más descabelladas fantasías y también a creerlas desde la más tierna edad. Muy dentro de mí, una voluntad irrefrenable de descubrir una veta mágica en mi estufa me impulsaba a volar con la imaginación.
Como aquella vez en la cual, explorando mi estufa y habiendo descubierto que tenía una comunicación al exterior, supuse que sería muy tonto de mi parte no probar semejante aparato de fonación. Pasé tardes enteras vociferándole a mi estufa. Pero evaluar el resultado de tan ambiciosa empresa se tornaba imposible si no había quién diera fe de su correcto funcionamiento.
Convoqué a una de mis amiguitas del edificio, que gozaba de un ejemplar de estufa similar al mío, y le expliqué los detalles del funcionamiento del aparato, de acuerdo con lo que yo creía en aquel entonces. Las instrucciones eran simples: si había algo que ella quisiera decirme, no tenía más que decirlo en voz alta cerca de la estufa, y yo, con la oreja apoyada en mi aparato, la escucharía.
Tras varios intentos, tuve que admitir que mi teoría había fracasado tristemente.
Sin embargo, luego de varios años, a los 15, el sonido de la palabra estufa me traía significados nuevos.
El portero de la escuela, Horacio, era el encargado de encender las viejas estufas en cada aula. Como se avecinaban los meses más fríos, ya era habitual encontrarse con Horacio en el aula en la primera hora, forcejeando con los aparatos.
Por eso fue extraño no verlo en la primera hora el jueves. Ni en la segunda. De la tercera no nos percatamos. Pero en un momento entre la quinta y la sexta hora una de mis compañeras dijo:
- ¿Por qué no vino Horacio a prender la estufa? ¿No tienen frío
ustedes?
Todas nos miramos y estuvimos de acuerdo en que era vital y
necesario que Horacio viniera a encender aquel aparato. Pero no vino.
No sólo no vino Horacio, sino que dos hombres que no conocíamos vinieron a desinstalar la vieja estufa.
¡Eso sí que no podíamos permitirlo! Organizamos una sentada en el patio, nos quejamos, nos indignamos, pero sólo obtuvimos silencio como respuesta.
Al día siguiente, sin ánimos de enfrentar una jornada sin estufa, (aunque era viernes, y a los 15 esa es razón suficiente para que reine la felicidad absoluta) nos encaminamos pesadamente al aula.
Nos sorprendió la flamante estufa de tiro balanceado que señoreaba el aula, y nos sentimos tan satisfechas que parecía viernes antes de un fin de semana largo. Pero la sorpresa mayor no fue el haber adquirido una estufa. Lo especial sobre esta estufa se dio a conocer a medida que fue transcurriendo el día.
Primero, mientras nos comunicábamos las unas a las otras las bondades de la nueva estufa, una de mis compañeras dijo:
- ¡Uh! Ahora tenemos química. Ojalá que no venga la profesora.
Era un comentario bastante baqueteado en aquella aula, así que
nadie le dio mayor importancia. Cinco minutos más tarde nos comunicaron que la profesora de química no vendría por haber tenido un contratiempo.
No podría describir con palabras la alegría que nos inundó. Nos dispusimos a pasar la hora libre de la mejor manera posible; escuchando música, jugando a las cartas, recorriendo las instalaciones de la escuela.
Mientras se sucedía un animado juego de cartas entre 4 de mis compañeras y yo, una de las chicas que no estaba jugando le gritó a Luli desde al lado de la estufa.
- ¿Me ayudás con la tarea de matemática después?
- Pará que estoy jugando- contestó Luli, muy concentrada.
Ella era invencible jugando al Jodete y esta era una partida en que no iba a dejarse ganar.
- ¡Dale! ¡Ayudame ahora!
Luli no le contestó; estaba demasiado enfrascada en el juego.
Miré a la chica que se indignaba al lado de la estufa y la oí decir:
“Espero que pierdas.”
Y en ese instante, Luli olvidó decir que le quedaba una sola carta, y
tuvo que levantar 10 cartas del mazo, dándole así la oportunidad de ganar a María Pía, que nunca había ganado.
- Increíble- pensé.
Me quedé mirando la estufa largamente.
El juego se disolvió por una disputa predecible entre Luli y María Pía; y yo, aprovechando esa discordia, me dirigí hacia la estufa.
Me senté al lado del aparato.
Marikena vino con su walkman a sentarse conmigo.
- ¿Qué escuchas?- le pregunté de manera ausente.
- La radio. Están pasando Marilyn Manson. ¿Querés escuchar?
- Bueno- y una melodía funesta pero cautivante nos percudió los
tímpanos por un rato. Marikena era una gran admiradora de esa banda.
- Me encantan, los amo. Espero que alguna vez vengan a la
Argentina.- Ni bien Marikena concluyó esa frase desiderativa, el locutor anunció: “Se ha confirmado la visita de Marilyn Manson a la Argentina. Se presentará el próximo octubre en el estadio…”
Marikena saltó de alegría y corrió – con walkman incorporado- a propagar la noticia entre quienes la encontrarían de interés.
Yo me quedé boquiabierta al lado de la estufa.
Secretamente, supe que yo era la única persona dentro de esa aula
que sabía del poder de la estufa. Entonces, me acerqué cautelosamente y le susurré mi deseo.
Hace 15 años de esto, y yo sigo igual. En el mismo lugar, con las mismas compañeras, dentro de una realidad cíclica, sin años de más ni tiempos pasados.
Ya deben saber cuál fue mi deseo. (2007)

lunes, 9 de junio de 2008

Florián

Hay veces en que la vida se nos muestra predecible y las partidas parecen fáciles de ganar. Burlas del destino. Cada vez son más.



- Es divino.- dijo Bárbara. Y todos ya saben lo que significa que Bárbara diga que alguien es divino. No importa lo que pase, Bárbara lo va a conseguir al final. Juliana y Lola, hartas ya, se sentaron más cómodas para ver en qué iba a consistir la nueva y predecible conquista de Bárbara.
Todos la estaban pasando bien en la casa de Florián. “A este lo quiere todo el mundo.”, pensó Bárbara en su escéptica mentalidad. Claro que era raro Florián. A pesar de tenerlo todo, chocaba. Bárbara lo observaba deseosa, aunque no siempre había sido así. Ella, la diosa de la seducción violenta, jamás se habría fijado en alguien como él. Es increíble lo endeble que dejan al juicio crítico unos cuantos rechazos. Ni siquiera estaba allí la sospecha de que algo turbio se esconda en el pasado de aquél hombre. Y entonces, se sentía atraída a él ahora. Estudiante, oficinista, hijo único de padres eternamente orgullosos, extremadamente flaco, pálido, prolijamente peinado hacia el costado con rigurosa gomina y tan sonriente como un niño cantor de Viena.
“¿Hasta dónde se va a poner el cinturón?” Bárbara batallaba en su mente en contra de la idea de que Florián la atraía. Pero su actitud de hombre crecido, su vestimenta de cuñado cuarentón y sus charlas de alto nivel a causa de una vida intelectual intensa la llenaban cada vez más de intrigas para con este correctísimo caballerito.
- ¡Feliz cumpleaños, Florián!- Sonó desde el fondo del pasillo suntuosamente decorado, hacia donde se dirigía Florián, con ademanes de persona mayor y sonrisa eterna. Lo veía dialogar sobre libros, hacer observaciones recatadamente graciosas. Veía sus ojos brillando sobre su piel pálida y se revolucionaba su interior. Tomó otra cerveza y no pudo creer la perfección que encerraba Florián en tanto refinamiento. Una oleada de perfume varonil y estupefaciente la hizo volver a la tierra y vio a Florián tomándose del hombro de su amigo Víctor para no perder el equilibrio de la risa. “Una pose re de viejo.” Mandó a callar a su juicio, y entendió menos porqué le encantó.
En eso, Florián se acercó al sector de las chicas. Bárbara se acomodó un mechón lacio que según ella estaba fuera de su lugar.
- ¿La estás pasando bien, Florián? – preguntó Juliana.
- Sí, gracias. – Mirando a todas, llenando de atención a Bárbara.
- El tema es que, - se apresuró a explicar- hay que estar un poco con cada grupo
de gente. Ya saben como es esto. Los de la facultad, los del trabajo, ustedes… Si no, uno termina siendo un mal anfitrión, ¿no?
Y Bárbara buscaba desesperadamente en su cabeza un argumento valedero que sostuviera porqué le estaba gustando Florián en ese momento. “¡Pero si hasta habla de cosas aburridísimas!”
- ¿Y, Barbarita? ¿Qué contás de nuevo? – Sin poderse explicar cómo ni porqué, Florián estaba sentado a su lado, en el sofá, y el resto de las chicas había desaparecido de la escena. ¿Demasiada cerveza tal vez?
- Bien, che, ninguna novedad. – El resto de los invitados divagaban lejos de ella. Algunos en la cocina, probablemente. Bárbara pensó en desplegar todo su arsenal allí mismo. Pero esos ojos dulces, esa piel pálida, esos labios inocentes y esa expresión aniñada la frenaron. No podía ser fría y cruel con él. No podía seducirlo por las malas.
- ¿Estás segura? Porque a mí sí me parece que tenés novedades.
- No, la verdad es que no hay mucho… a ver…dejé el conservatorio definitivamente, ahora me dedico al maquillaje artístico, para obras de teatro, y …
Florián escuchaba atenta y educadamente cada palabra que Bárbara le decía. Ella se estaba muriendo por dentro. No había un gramo de lujuria en esos ojos brillantes, en esas manos flacuchas, en ese pelo engominado, en esa navaja que le enfrió un músculo a Bárbara y la hizo callar de golpe.
- ¿Qué es eso?
- Nada, seguí hablando.
- Ya está. No sé qué decir
- ¡Dale!
- Voy a gritar.
- Entonces te mato y se acaba la fiesta.
- Y vos vas preso.
- ¿Quién va a creer que yo hice algo? ¿Eh? Dale, vamos, nena, andá a mi cuarto y
esperame en la cama.- El frío se apoderó de Bárbara. Esas palabras se oían como si Florián estuviera sólo moviendo la boca, no había manera de que hayan sido elaboradas por su psiquis. ¿O sí? Era bizarro, como una película mal doblada.
La sonrisa amable había huido de los labios de Florián. Ahora era nada más un rubiecito, flacucho, con tendencias psicópatas.
- Arriba
- ¿Qué?
- Ahora. Vamos rápido.
Nadie se sintió obligado a explicar la ausencia de Bárbara. Las chicas la atribuyeron
a su éxito con los hombres. La tildaron de atropellada y demente, pero al final reconocieron que jugaba siempre bien sus cartas. La ausencia de Florián no se notó, ya que sus amigos estaban acostumbrados a que se ausentara por largos ratos en el día de su cumpleaños, atendiendo llamados del exterior, tíos en Estados Unidos. Que Florián atendía asuntos que los demás no podían presenciar era sabido entre sus invitados. Nadie preguntaría nada cuando lo vieran bajar sonriente, bien peinado y solo por las escaleras. De sus cosas se ocupaba mejor desde las habitaciones. (2002)