lunes, 11 de mayo de 2009

Lorenzo

Something tells me I don't have to go scavenging in the night for another soul

Ante todo, una se enamora de un nombre. Lore, Lori. Con él pasó exactamente eso. Lorenzo era todo nombre. El sonido de su antigüedad resbalaba por la dulzura que le otorgaba la L inicial, pero se veía interrumpida amablemente por la n en el medio. Sin contar la masculina característica que le daba el hecho de que termine en o, algo que se precia sobremanera en cualquier buen nombre de varón.
Había días en que sólo pronunciar su nombre me llenaba de placer. Ensayaba llamarlo, con su diminutivo, haciéndolo más corto. Era una palabra que se apropiaba de mi lengua y de mis labios y se sentía tan cómoda en la boca. Saboreé su nombre mucho antes de inundarme en la cotidianeidad de sus besos.
El modo en que llegó a mi vida no fue simple. Supe de su nombre y de su existencia años antes de que nos presentaran formalmente e intercambiáramos números de teléfono.
Desde ahí, nada fue convencional. Lorenzo de mi corazón, mi nene hermoso, era- para decirlo de manera rápida y efectiva- raro. Me lo repetía gente de mi entorno. Pero ¿qué importaba si no era lo más conveniente para consolidar un futuro con cimientos duraderos? No necesitaba que eso me lo diera un hombre. Yo sólo encontré en él una manera de detener el tiempo y de que la edad dejara de importar.

De todos modos, me daba cuenta de que mi gente no lo trataba con credulidad ni tomaba en serio a mi dulce Lorenzo, dueño absoluto de mis pensamientos. Mi hombre, al que miraban de reojo y levantando las cejas.
Que usara un vaso para rascarse la cabeza, que no supiera
vestirse o que durmiera en el piso tapado con una alfombra eran gestos que me llenaban de algo parecido a lo que algunos denominan ternura, pero del tipo que lentamente muta hacia la incomprensión. Yo sabía que su modo de vivir adolescente era lo que más me obsesionaba de él. Su habilidad para separar la edad de la práctica. A veces, él era tan idealista que yo sentía ciertas mañanas de domingo que estábamos a kilómetros de distancia abrazados en la cama.
- La revolución comienza desde la más tierna infancia. De hecho,
está presente dentro del folklore pedagógico heredado de nuestros antepasados anarquistas italianos y españoles. Si no me creés, escuchá esto: Aserrín Aserrán, los maderos de San Juan, piden pan, no les dan; piden queso les dan hueso, y les cortan el pescuezo.
- Sí, Lori, estoy familiarizada con la ronda infantil.- Miraba cómo
movía sus labios y ya parecía que había pasado una eternidad sin besarlos.
- Perfecto, a lo que voy es que es claramente una canción de
protesta. Se trata de trabajadores oprimidos que piden condiciones de trabajo dignas y mejoras salariales simbolizadas con artículos de consumo básicos como pan y queso, y sólo obtienen represión y violencia.
- Es una brillante interpretación, Lori. Lo que tendrías que hacer
es cerciorarte de qué área geográfica comprende la citada San Juan, y cuál es su relevancia en el canto.
- Son muchos interrogantes.
- Cuando yo cantaba esa canción en el jardín, no sabía lo que era
pescuezo. No la canté hasta que le pregunté a mi mamá lo que quería decir. – Nunca pude aprehender algo que no entendía.
- Bueno, y dentro de la misma línea de pensamiento, podemos
analizar La Farolera.
- Era una prostituta. – le contesté preguntándome si esta charla iba a durar para siempre.
- Pero se enamora de un coronel, dando a entender que sus
hábitos licenciosos son cambiados por una figura de autoridad sistemática, como es un militar. Entonces el mensaje es: con los militares todo lo malo desaparece.
- Me deslumbrás, Lori.- Pensé que lo mejor era vestirme.
- Y uno anda lo más pancho por ahí cantando La Farolera como si
nada. ¡Y se la enseñamos a los chicos! ¡Y ellos no tienen idea de lo que están cantando! Habría que enseñarles cómo repudiar a aquellas figuras de autoridad prepósteras. – tomó agua, se alborotó el cabello y se fue a sentar arriba del escritorio de mi habitación, con aire pensativo y altanero.
Lorenzo era categórico y ácido, se apasionaba a menudo, y no le temblaba el pulso al garabatear leyendas en las paredes de la facultad; una faena riesgosa e innecesaria para mí, una proeza para él.
Idealista e innovador. Un sueño. ¿Pero podía ser yo partícipe de este sueño? Mi tendencia a ser estructurada no me lo permitía.
A veces nos trenzábamos en miradas interminables, tumbados contra la pared de su cuarto, sin hacer nada. Sólo mirándonos a los ojos por minutos engarzados eternamente. Y era siempre yo quien rompía aquél encanto con la prisa que es inherente al primer beso de la noche. Solía desear que no existiera un beso sin aquél preludio ausente y aquel diáfano perderse en el universo del otro.
Yo sólo quería que él me hiciera su prisionera unas tres veces por semana. Quería malcriarlo, verlo dormir y saberme capaz de despertarlo con la mente. Pero a él parecían importarle otras cosas.
- Hoy voy a vivir como predica Kerouac. Sólo voy a tomar
whiskey, estar con amigos y escuchar jazz al tope.
- ¿Y tomar colectivos que no sabés dónde tienen la terminal?
Mi ser racional lo había parado en seco. Su sonrisa desmesurada
se volvió una mueca lastimosa.
- Desde la mente, quise decir.- Vi cómo cerró los ojos, sombrío.
Tardó en volver a sonreír esa tarde. Traté de retomar el tema.
- Para vivir como, por ejemplo, Dean Moriarty, necesitás tener el
concepto de infinitud frente a vos, pastillas y, principalmente, un auto, Lori.
- Tu conocimiento teórico es filoso. Lastima todo lo que pienso.
No sé si me está haciendo bien.
Me sentí devaluada y vacía. Si yo quería ser tan racional, entonces
tenía que renunciar a su adolescencia.
Ahora camino sola por una calle que a él le habría encantado. Yo
sé que hay fuego detrás de sus ojos pasados de moda, e ideas no natas esperando que les demos un futuro dentro de un divagar ahumado, pero me niego a matar a un ser tan puro con teoría fría. Hace meses que ya no sé nada de él.

lunes, 13 de abril de 2009

Hoja en Blanco

Abrí los postigos. No iba a ser un día largo porque su sesión iba a ser la última de la tarde, y después podría dedicarme a leer tomando café hasta que llegue Manuel de trabajar. Esa noche íbamos a ver una banda nueva de jazz que él me había recomendado con mucho entusiasmo. La luz inundó el salón. Mi escritorio de roble se alargaba junto al balcón francés al que yo le daba la espalda ahora para sentarme y acomodar lo que había sobre mi escritorio. Faltaban cinco minutos para la hora de ella, así que saqué mis biromes de la cartera y desprendí mi reloj pulsera para apoyarlo sobre el escritorio.
Hice lugar a un costado para el volumen que estaba leyendo y me paré para ir a mirarme al espejo que estaba colgado al lado de la puerta. Me aseguré de que el moño del cuello de mi blusa estuviera bien armado y retoqué mi lápiz labial. Ya me estaba molestando estar en tacos a esa hora, pero sabía que en tal vez dos horas ya estaría en casa con algo más cómodo que esa falda tubo y esas medias de seda.
Escuché el timbre y a Carmen saludar a alguien. Ya estaba allí. Me acomodé detrás del escritorio, abrí la libreta donde se marcaba el final de la última sesión. Me había olvidado de repasar mis notas para hoy. La primera vez que me pasa. Traté de ignorar este descuido, pero algo se trabó dentro de mí como si un presagio funesto se hubiera activado.
Sus pasos avanzaron hacia mí con la mueca simulada de la puerta entreabierta entre nosotras. Breve y ágil en sus movimientos, cerró la puerta detrás de ella. Se sentó y comenzó.
- Era domingo y todavía tenía sueño. En realidad eran ganas de
acostarme y cerrar los ojos, pero no sé si tenía sueño. Todos me habían dicho si quería que me llamen y charlar. Ya me dolían los ojos de charlar. Me hace llorar. Prefiero que nadie me llame. Es más fácil verme con gente que no tiene nada que ver con todo esto y hablar sobre mis proyectos. Tengo ganas de moverme en otros círculos. Cambiar de ambiente. Tal vez me vaya a otro país, pero no sé, porque es muy caro. El tema es convertirse en algo que trascienda. ¿Por qué no puedo contarle al mundo lo que hago? Todo el mundo lo hace. Hasta los que tienen un banducha en un parque lo hacen. Mierda, no quisiera que me escuchen diciendo todo esto.
Respiró hondo, movió una ceja y retomó el hilo de su monólogo.
- Hay épocas de mi vida que están borradas, y ahora todo esto me hace volver a enfrentarme con, por ejemplo, mi vida cuando tenía 13. Yo sabía que impactaba, que era más que el resto. Pero era un mundo siniestro, yo no era quien quería ser, no me dejaban. Y no me identificaba con nadie. Me dejé estar. Ahora sé que si hubiera encontrado un modelo a seguir o alguien que me alentara en algo más que en los estudios, ahora te estaría hablando desde otro plano. Tal vez ni siquiera te estaría hablando a vos. A ver, ellos tenían 35 casi, y ya eran viejos y amargados. Yo no puedo vivir con esto.
Respiró hondo. Le dolía algo bien adentro pero estaba haciéndole frente. Se la veía derrotada.
- Entonces te contaba del domingo. Me dieron ganas de comprar un frappuccino de avellana, y me lo tuvieron que preparar especialmente, así que me puse a esperar en el negocio y entró alguien. Él me conoció. Me dijo “Me conocés desde que soy así de chiquito.” No tenía idea de quién era. Ni a qué era de mi vida pertenecía. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué viví demasiado? Me ilustró vagamente y lo conocí al fin. Venía del mundo de mis 13 años. De esos años en los que ejercía algún tipo de influencia en otras personas. Y al menos sabía en contra de qué me estaba rebelando. Porque ahora no es claro. No hay arriba ni abajo ya, con todo esto. No sé qué está bien, ni qué está mal. No le quise hablar mucho. Sólo tomé el frappuccino y lo hice mío. No quise averiguar cosas del pasado o de cómo pudo mutar en presente. Me fui aferrada a mi mezcla de helado, crema y café a internarme en mi casa. Ay! Se me durmió el pie. Ahora vienen las cosquillas. Pará, voy a estar un rato hasta que me recupere.
Anoté mientras ella emitía sus quejas combinadas con risitas y se acomodaba mejor en la silla. Se puso seria y no miró ningún punto.
- El problema acá es: llegué a mi casa y quería que esa persona me llamara por teléfono, verlo, contarle de lo que pasó todos estos años. ¿Para qué? ¿Me querés decir para qué? Tenía una camisa a cuadros. ¿Entendés? ¡Era domingo! Pero este inconsciente aliado tuyo me hace estos trucos y obviamente termino queriendo sentarme en mi cocina con un sujeto que hace casi una década que no veo.
Me escudriñó como acusándome de un crimen.
- No me mires así. Ya sé lo que estarás anotando en esa libreta. Que mi frappuccino de avellana es la sublimación o la condensación de mi deseo de estar acompañada por alguien dulce, espumoso y espolvoreado con cacao?!? ¿Eso querés que busque para mi vida? ¿Un tipo corriente? Te voy a romper toda esa libreta y las pavadas que anotás. Vos que tenés tu vida resuelta. ¡Tomá! ¡Estoy harta de rendirte cuentas por cosas que hacen todos! ¡Y cuando creo que estás de mi lado, salís con que estoy a la defensiva, de que nadie tiene la culpa, o que ya se terminó la hora! ¡No tenés razón! ¡No es verdad!
No recuerdo mucho más de aquella última sesión. Sé que la ambulancia llegó en seguida porque el paciente que venía después llamó en cuanto escuchó los gritos.
Según Manuel, mi blusa yacía hecha jirones sobre el piso de parqué y sólo uno de mis zapatos quedó en el consultorio. Además del ventanal hecho trizas y los charcos escarlata originados de mis heridas - ¿o eran también las de ella?- donde teñí mis cabellos a fuerza de resistirme a ser arrojada por el balcón. Lejos, allí, en la vereda se dibujaba la silueta de una mujer que nunca iba a volver a la simple resignación de los 13 años. (2009)

lunes, 23 de febrero de 2009

Tracking (her down)

Esta es una reseña de todo lo que no sé de ella. Ahora que le dijeron que usar vincha le quedaba bien, era común verla con una los domingos. Juraba estar embelesada con “El Padrino”, pero nunca alquiló las secuelas. Sólo se llevó la uno con aire misterioso y convencida de que estaba satisfaciendo una necesidad antigua dentro de su alma de pionera pasada de moda.
La miré mucho la primera vez que vino porque me hizo acordar a Audrey Hepburn, pero sin ese refinamiento tan perjudicial para la voluptuosidad femenina. Sophia Loren cantando con Peter Sellers sería más acorde.
Si la veía venir, era doble la alegría (qué palabra más horrible, nunca está bien visto andar alegre por la vida, es una vergüenza y además uno corre con desventaja, baja la guardia) porque es ley devolver las películas al día siguiente de ser alquiladas. Y por si el cliente (todos despreciables ignorantes, no saben nada de cine, sólo aparecen cuando se nubla y alquilan comedias norteamericanas y cosas de Disney para los chicos, pasando por alto a Kubrick o a Fellini- no sé para qué me gasto en separarlas por director) no llegara a haber internalizado esta norma, siempre lo despido con un “Hasta mañana antes del cierre”. Si se olvida de volver al día siguiente, - yo siempre estoy al día siguiente- bueno, no habría razón, nadie puede olvidarse. ¡Pero lo hacen!
Lucía me cubrió aquel sábado y parece que el clima estuvo espantoso porque hubo muchos alquileres.
- ¿Alguna vez te pasó que no te devolvieron alguna película?
- Claro. Pero por eso anotamos el número de teléfono del cliente.
Y la dirección.
- ¿Y?- su actitud apagada y desapasionada para con la vida me
había cautivado hacia años. Ahora había un tenue rastro de cinismo que aún me recordaba que algo teníamos en común. - ¿Mandás matones?
- No- busqué un encendedor y terminé usando fósforos, que
siempre me dieron pena y encendí un cigarrillo- pero se les puede llamar la atención y pedirles que devuelvan…
- Pero eso no garantiza que te la devuelvan- me interrumpió
descaradamente. No iba a ceder.
- En última instancia se los veda de por vida…
- ¡Vedado!- aulló mofándose- Oh por Dios! He sido vedado del
video club de mi barrio!- Encendió uno ella también, el humo nubló sus anteojos de estudiante aplicada, se acodó sobre el mostrador dejando al descubierto un hombro blanco, resultado de no veranear por años- ¿Y vuelven implorando clemencia?
Decidí que la charla estaba terminada y le pedí la lista de las personas que habían alquilado en mi ausencia. Vi el nombre de ella, la chica de la vincha. Al lado de “Qué he hecho yo para merecer esto?” y “Zoolander”. Esta última, mierda absoluta. Ingrediente esencial en mi concepto de mujer: subestimar su inteligencia. Algo irresistible: que no busque impresionarme.
La había visto días antes, mientras Lucía me comunicaba en frases ingeniosas porqué Alex de la Iglesia la tuvo en vilo toda una semana porque ella trataba de averiguar el secreto detrás del montaje de “800 Balas”- nunca creí que hubiera secreto allí, pero a quién le importa, Lucía es una de esas personas que se desvive por analizar lo que a nadie le interesa analizar, por ser finito y agotable; y yo la miraba a ella buscando una película con su amiga. Pasaban por alto los clásicos, señalando algunos sólo para acompañarlos de comentarios como “Ésta me la hizo mirar mi abuela tres mil veces,” o “Mirá, la que parodian en los Simpsons.” Se detenían con ojos incrédulos y unos tintes más rosados de lo normal al pasar por la sección de eróticas, y esbozaban comentarios poco favorables ante los títulos icónicos. “Uh, esta la miré para la facultad, dura mil horas y no pasa nada, son todos chinos con cara de preocupación y llueve todo el tiempo.” Rashomón. Japonesa. Kurosawa. 1950.
Y al otro día volvió, como dictamina mi ley profética. Se quedó mirándome después de que tomé la película envuelta en la reglamentaria bolsa de forropol turquesa con la que mis películas viajan fuera de mi negocio y esperó ahí parada- no sé qué espera, sinceramente- hasta que le dije “Listo, ya está. Gracias.”
Pero volvamos al tiempo presente. Ella había alquilado el día anterior dos películas. Ya eran las 8: 30 p.m. y Lucía no se iba a falta de algo mejor que hacer. Afuera estaba nublado.
- El señor que se parece a Macri, el del edificio negro, no vino
todavía.
- Ese nunca cae antes de las 9. Hoy domingo va a ir a comprar
pizza y va a pasar más tarde. – Miré el reloj y puse un disco de Sui Generis para ver si los nervios se aplacaban.
- También vino el chico flaquito de anteojos. Preguntó por una pero creo
que no la tenés.- Estaba harto de ese individuo. Sólo existía para reclamar cosas no editadas en el país, o aún peor, las pedía en inglés, idioma que es fácilmente sospechable y por lo tanto inútil aprender, para luego decirme cosas como “ah, la deben haber traducido mal, porque en el idioma original se llama…” Lo recuerdo agitándose – asmático- tratando de explicarme la urgencia con la que debía ver algo que concluí se había traducido como “Reflejos en un Ojo Dorado” (1967, Liz Taylor, Marlon Brando), basada en la novela del mismo nombre de Carson Mc Cullers, autora que él insiste en llamar Lula Carson Smith. ¿Para qué se trenza en discusiones intrincadas, para luego llevarse “Bladerunner”, haciéndome jurar que esa copia incluía los cortes del director? Sinceramente, ese tipo de cliente, que juega a saber de películas, también me enerva.
- La señora mal teñida alquiló ayer también. Mirá, “Flores de
Acero”.
- Mmm- No me interesaba. Estaba anonadado al
enterarme de que me desesperaba por volver a ver a la chica de la vincha. Era patético. La imaginé en su casa. Despreocupada, rojo en las paredes, dorado en los muebles, piernas largas asomándose por debajo de su bata. Un interlocutor. ¿Eso la estaba deteniendo?
Decidí salir un momento que sería corto porque la idea de que mi reino pasara tiempo sin mi presencia hegemónica no me dejaba tranquilo. Lucía entendió que debía hacerse cargo del negocio. Estaba soplando un viento poco auspicioso, se estaba nublando más. Es imposible olvidarse de que hay una película sin devolver sobre el aparato reproductor de DVD, una frase poco feliz, pero ¿hay otra manera de llamarlo? Una película ajena late sobre el aparato. Destella una luz alarmante que dicta en las profundidades del cerebro: ¡Atención! ¡Devolver!
Se proyecta una duda en el entendimiento del ser humano obsesivo: ¿Puedo terminar el día por hoy y cerrar la puerta con llave, o hay algo más que deba hacer en el mundo exterior?
No puedo entender que el cerebro de ella no formule estas cuestiones. Me dirigí al negocio otra vez y busqué su dirección. Lo único que la debe estar deteniendo es un crimen. Ella es la víctima y yo el encargado de esclarecerlo.
- Lo que tanto temía- me dijo Lucía cínica. – Estoy a punto de
verte en acción. ¿Puedo traer pochoclo? – La miré, bufé y decidí llevarme el teléfono a la trastienda.
Naturalmente, nadie atendió.
Ahí estaba. Mi mente batallaba contra la idea de que hubiera
salido, acompañada de un sujeto alto, barbudo tal vez, con manos fuertes y un cuerpo sacado de una película barata de amor Hollywoodense. O que simplemente se negara a atender el teléfono porque sus manos estaban ocupadas con algo más interesante… Colgué de golpe y volví a salir.
Ella vivía a la vuelta de mi negocio. El portero me abrió la puerta. Hubo algo en la mirada del hombre que comprendió que mi interés por entrar al edificio sólo abrigaba una causa noble y heroica. No tengo porqué revelar aquí las claves que comparten los porteros con los comerciantes del barrio.
No funcionaba el ascensor. Mientras subía piso tras piso, luchando con las escaleras, todo se reproducía vívidamente detrás de mis ojos, en ese cine privado que tenemos en la mente. La puerta rota, marcas de golpes en las paredes. Cuadros estrellados contra el piso, sillas volteadas. Las lámparas desgarradas y un centenar de libros desparramados en la alfombra. Sintiendo náuseas proseguiría hacia las habitaciones. Un rastro de vasos hechos trizas me marcaría el itinerario del asaltante y posible homicida, y sería evidencia del forcejeo previo. La cama revuelta y un bulto inerte. Tomaría coraje de la petaca de whiskey que traía en el bolsillo- ¿La tenía hoy conmigo? – me cercioré de que así fuera entre el cuarto y el quinto piso.
No la tenía.
Iba a tener que enfrentarme con la realidad despiadadamente sobrio.
Inerte. Con los ojos abiertos hacia el ventanal. Había manchas de sangre en la pared sobre la cabecera. Y su bata hecha jirones. La cara interna de sus muslos estaba amoratada, y tenía magulladuras en el mentón. Entendí que había sido imposible devolver las películas para ella. Escudriñé el cuerpo un poco más de cerca y divisé marcas de dedos en su garganta. Le acaricié la tráquea con la ceremonia con la que se despiden a los héroes de guerra, y tal vez por única vez le dediqué una mirada dulce. Un golpe en la puerta me obligó a volver hacia la sala.
Dos policías me estaban apuntando con armas y gritando cualquier clase de frases incoherentes, que según mi experiencia, sólo tenían como objeto que levantara las manos y me quedara quieto.
Ahora comprendía. Esto era una redada. ¡Creían que yo había cometido aquella aberración!
- ¡Esto es un error! Yo sólo vine a buscar unas películas…- era
una pésima trama hasta para ser inventada espontáneamente mientras subía las escaleras de un edificio.
Llegué a la puerta de su departamento, con las manos húmedas y
la garganta hecha un nudo. Toqué el timbre. Sonó. Vacuo, como siempre que no hay nadie. Cuando hay gente el timbre suena distinto.
Esperé. No quería darme por vencido.
Tuve que hacerlo al cabo de 15 eternos minutos, en los que mis manos volvieron a secarse, pero al mismo tiempo una ira ciega me inundó. Mis películas estaban dentro de aquél departamento, y yo allí afuera, sin una orden de allanamiento. Ese tendría que ser un derecho inalienable de los propietarios de video clubs.
Derrotado, bajé las escaleras. El viento me recibió de vuelta en la calle y furioso volví a mi negocio.
- Qué bueno que volviste- me saludó Lucía- Pedí pizza.- Ni la
miré. Deseaba estar solo. Sin dejar que mi mal humor la afectara, continuó. – Hubo devoluciones. – Levantó dos películas para que yo las viera. “Qué he hecho yo para merecer esto?” y “Zoolander.”
- Vino la chica esa de la vincha. Pero no tenía vincha hoy.
Estaba apurada se ve, porque dejó las películas sobre el mostrador y salió corriendo. Creo que la esperaba alguien afuera. Un rubio con barba.
Comencé a apagar las luces. Igualmente, ya era hora de cerrar. (2009)

viernes, 23 de enero de 2009

Rituales

“Imaginó a todos los hombres que alguna vez la habían hecho perder el sueño dentro de un avión.
Se vio dándole la bienvenida a bordo a aquél grupo de hombres desencajados que se miraban entre ellos y comprobaban nerviosos que los cinturones de seguridad estaban atascados.
- Vamos a pasar La Novicia Rebelde una vez más antes de despegar, en tal vez el último viaje de sus vidas…
Sus caras de terror se exageraban mientras luchaban en vano por abrir los broches
de los cinturones de seguridad.
- … a menos que , por supuesto, alguno de ustedes …- su mirada recorrió cada
rostro atemorizado : el ex que no quiso volver, el amante que se negaba a llamar, el habitué de un bar con el que no se había concretado nada jamás, el amor de verano, el extranjero olvidadizo, el escritor mentiroso, el actor pagado de sí mismo, el demasiado joven, el demasiado ocupado…- sí, estaban todos allí.- …alguno de ustedes pronuncie las palabras mágicas, pero con sentimiento! Esas palabras que han de salvar a todos.
Nadie respondió, el terror los paralizaba.
- Y esas palabras son: Te amo, casémonos”
El ruido de la calle la hizo volver en sí. Este septiembre no iba a ser como los
anteriores. Ella se sentía renacer y volver a enamorarse era un paso obligado. Igualmente ahora no era lo mismo.
Se estaba ilusionando con algo que ya quedaba lejos de su alcance. Hacia atrás. Un atisbo de duda la alejó de sus habituales ensoñaciones y sonrisas sin causa. Se percató verdaderamente de que él corría con ventaja y que ella era la afortunada y no al revés. Al revés, como había pasado siempre. Ella había sido quien acompañaba a sujetos por debajo de su nivel, y en cuanto comenzaba a frecuentarlos sabía que los dejaría al poco tiempo. Era tan fácil verles lo patético a los hombres.
Sin embargo, ahora no dejaba de hablar de él – con menos autoridad que ímpetu- y sus amigas ya se quejaban de que sólo repetía frases.
¿Qué estaba tratando de afirmar?
Es aceptarlo y tratar de que mejore. La condición bajo la cual la neurosis desaparece. Tal vez este septiembre/octubre no me halle etérea por calle y siendo el blanco de miradas suplicantes y embelesadas en el trayecto de casa al trabajo. Se anhelaba diáfana, pero las condiciones no estaban dadas y el ser mustia le sentaba mejor.
Entonces era lógico que imágenes o ideas como la del avión - ¡Qué delicia, qué obra de arte!- explotaran en su mente para darle más placer.
“Arreglos florales” – cartel en florería.
Una corona es un arreglo floral. Sólo si tuviera mucha plata. 6to C y dos días antes de ser atacado ferozmente por mis matones a sueldo. ¡Qué placer! Que se entere de que fui yo sería un adicional que no estorbaría en lo absoluto. Funestamente, seguro.
Pero tal vez no quiere aceptar la corona. No importa; no sería un regalo (nadie nunca recibe una corona y además tiene derecho sobre ella; él tendría ese honor. Si decide hacer uso de ese derecho, ya que no sería difunto aún, sea) Sólo constituiría una advertencia. Sólo si sabía leerla, interpretarla. De otro modo, sólo serían dos hechos aislados.
Y ahora sólo se le representan imágenes que si las viera en televisión le causarían náuseas, y espera no vivir jamás, qué es esa entrega tan poco egoísta? no, ella no era así.
Imágenes de una tragedia que lo tenga a él – el elegido por ahora- de protagonista y a ella cumpliendo un papel primordial en su salvación y así afianzar su relación delante quienes los conozcan.
Ensoñándose con nada. Así se pasaba octubre, dándose la cabeza con la pared y sintiéndose deseada por un millón de hombres equivocados.
Ella le salva la vida – hay música de fondo como en las películas, hasta se imagina las canciones- dándoles órdenes a todos de cómo proceder.
- Te golpeaste la cabeza, sabes? – Una vez que él recobra el sentido. Rol de
madre y geisha de un casi niño, a veces hombre que se nos muestra tan etéreo como deleitable y tal vez, quizás cuándo, nos besa.
¿Y a quién no le gusta ser la mujer más importante en la vida de un hombre hasta
asegurarse de que no pueda vivir sin una? – Y vivir con eso? Ni loca.
Ese era el problema de este octubre; no lo veía necesitándola como otros años para deslumbrar con el brillo de una atracción verdadera.
Este ciclo de seguimiento de etapas se estaba desenvolviendo de manera tan lenta.
¿Se estarán alargando los ciclos?
Mejor seguir caminando hasta la parada y dejar de flotar en una realidad alterna que nos provoca sonreírle a los perros por la calle y emocionarse hasta las lágrimas sin razón. (2008)

lunes, 19 de enero de 2009

Exeunt Solitude

Un monumento de palabras. She is a well- wisher and she wishes you well; wish away, wish away...


Odiaba que le secaran las lágrimas. Este llanto es mío; yo sé manejarlo. Yo puedo hacerlo fluir hasta que toque la tierra e inunde este cuarto mal iluminado.
Se volvió para darle la espalda. Él la enfrentó, con los ojos llenos de devoción y pena.
Estaban los hombres que dejan que llores, sin inmutarse y recién cuando ven que tu llanto muere, se dignan a acercarse y hablar. Otros te estrangulan en un abrazo contenedor y te ordenan parar de llorar.
Él sólo la miró y con un pañuelo le secó aplicadamente cada una de las lágrimas que reventaban en los ángulos de su mirada, sin dejarlas resbalar y hacerse más tenues a lo largo del rostro.
Lejos de sentir pena por mí misma o por mi aflicción, sólo me enrosqué en pensamientos típicos de mi inseguridad- independencia. Dejarlo, así como estoy haciendo, que me seque las lágrimas es darle el poder de acabar algo que yo comencé; algo que quizás yo decidí que durara para siempre. Y él lo estaba deteniendo.
Él estaba coaccionando mi angustia. Él estaba dictaminando dónde termina. Y se estaba llevando mis lágrimas. No me está ordenando que no llore, sólo que él ahora era el dueño de las consecuencias.
Le cedió el poder.
Se sintió desnuda.
Las lágrimas solían hacer las veces de escudo o repelente, una cortina indescifrable que invitaba a los hombres a volver más tarde o simplemente a alejarse del todo. Y ella se resguardaba detrás de esa coraza- disfraz que tanta paz le daba una vez que se encontraba sola. Porque las lágrimas llegan sólo cuando una sabe que estará mejor sola.
¿Qué haría ahora que él estaba participando activamente de sus lágrimas?
Ya no habría lugar donde pudiera resguardarse sola. (2009)

sábado, 27 de diciembre de 2008

Ó(b)s(tá)culo

El presagio de un deseo concedido




Estaban allí, esperándola, y entre los invitados estaría él. Un príncipe. ¿Palabras, rumores? No podía imaginarlos. Le daba vértigo pensar en todos sus allegados allí reunidos, aguardando su entrada a la fiesta, como tantas otras veces.
No hay que olvidar que ese color va a causar revuelo, o al menos comentarios poco favorables, había dicho su confidente. ¿Por qué solía disparar verdades con tan poco tacto? Es el cariño lo que lo hacía enunciar juicios tan inhumanamente premonitorios. Siempre estaba acertado.
No importaba el vestido; todos ya sabían que le gustaba disfrazarse, y ser estridente era su marca personal. Estridente y anacrónica en el vestir.
Ese era el problema; ella ya estaba acostumbrada a hacer entradas triunfales. Era el ritual de siempre: el de esperar pacientemente con su estupefaciente dama de compañía en la recámara, reír sin freno, soñar con música y acomodar su vestido. Ese color es hipnotizantemente adictivo. ¿Y por qué estaba nerviosa ahora? Era la promesa del príncipe. Había habido un contacto, una mesa larga llena de extraños comensales dispuestos a entretenerla con relatos imaginarios o no. Pero sólo él era el destinatario de todas sus sonrisas. Porque era verdad lo que comentan, ella no le sonreía a nadie fehacientemente. Sólo de compromiso a quien se aventuraba a bailar con ella, para luego sugerirle que deseaba quedarse sola.
El humo, las luces, el desenfrenado regreso del baño a los saltos porque están pasando esa canción, el escote ceñido, el oropel, el protocolo, el abanico y gritar letras que resuelven disyuntivas a coro, dejando el alma sobre ese suelo de madera pulida. Vestidos yendo y viniendo, vasos y botellas, damas especulando, caballeros a la expectativa. Ojos protagonistas, espadando sin tregua y armarse de coraje para llegar y ser anunciada. Saludar, abrazar a gente que sólo es real entre aquellas paredes, bromas, besos, miradas otra vez.
¿Sabrán ellos que lo estoy buscando?
Guardarropas, besos, barra. Esta canción ya la tendrían que dejar de pasar. Pero a la gente le gusta; ya sale algo más de tu estilo. A la derecha el Conde de… A tu izquierda, la Marquesa de … A esa señora sonreíle más, cuidado que tiene un hijo soltero que no te va a gustar. ¿No me podés ayudar con cierto príncipe que…? Nena, yo no puedo, me siento mal metiéndome en esas cosas, teniendo en cuenta que vos en tu pasado… Vas a tener que arreglarte sola. Todos te conocen.
Y esas palabras de su confidente y guía le describían un interrogante mayor. Había que deslumbrar sutilmente. Ese color era la respuesta. Estaba segura.
Entró inhalando fuerte todo ese conjunto de almas conjuradas para hacerla sentir viva una vez más. Un séquito fiel y un guía certero.
Estamos hablando de un centenar de personas que se trasladan constantemente de un lugar a otro. Y tantos personajes legendarios encerrados en aquél número. Sorpresas, resurgimientos de entre las cenizas- como a todos nos ha pasado; todos portamos nuestras heridas de guerra altaneramente.
Mirándonos los pies con un mareo vertiginoso y respirando esa esencia encantadora, euforia, decoro, que no se note que miro siempre hacia aquel lado.
Sabes que no es la última vez… sé más discreta. Fiel séquito de tres personas, siempre pendiente de los movimientos. El alma se cuela a través del violeta y salta, al descubierto, evidente. Un temblor sin precedentes.
Ojos en duelo, ojos que se adivinan lejos y se atraen. Una charla que se va a extender en sueños por una semana.
El príncipe se acercó.
Ella rió divertida y decidió internarse en sus ojos. ¿Cómo se describen con palabras las ansias, el anhelo? ¿Cómo se transmiten deseos prescindiendo del contacto? La corte lo vería mal si ella tomaba el primer paso. Y él le refería anécdotas, porque vos el otro día dijiste… no, no hablaba de eso, más risas y el inevitable nos vemos luego ante miradas expectantes y curiosas.
Que una canción nos rescate. Dejarse llevar sin pausa y que el cuerpo hable. ¡Qué éxito que tenés! No me jodas, vos sabés exactamente lo que quiero y me está costando. Pero, su Excelencia, no creo que sea prudente, si es lo que el destino favorece. No me hables del destino, que no tiene nada que ver. También ese color, los invitados murmuran. Vos sabías que ibas a llevarte ojos con vos a donde fueras. Y eso se nota. Permítame decir que sus caprichos de cortejo le pueden jugar en contra.
La única aliada es la música. Nos ilumina. ¿Alejarnos de este guía? Refugio sonoro, refugio líquido. Malos consejeros.
Una mancha violeta se propagó a través de la multitud, ante los ojos azorados de su dama de compañía. Los músicos titubearon. Jamás se detengan, gimió en su carrera. Cuerpos inertes se entrometían en su camino, ni siquiera sabía si corría en la dirección correcta. Lo adivinó a lo lejos. Como un proyectil hacia sus ojos.
Siempre le habían advertido que los impulsos dan fin a un placer prolongable. Se internó tozudamente en su mirada. Tratando de salvaguardar su honor, su séquito se precipitó. Una sofocación súbita la inundó al vislumbrar el final del secreto por develar mientras el príncipe abrazaba su ser violeta y la enfrentaba para disgusto y horror de la corte.
Se desplomó sobre él, la vimos caer y se revolucionó el salón. No era más que una laguna violeta cubriéndolo. Creo que estaban pasando Tainted Love. (2008)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Shh

Miranda se levantó y se sorprendió de que la casa estuviera tan silenciosa. Se frotó los ojos y bajó de la cama pisoteando muñecas, pantuflas y ositos. Caminó bostezando por el pasillo. El rumor de la radio se iba haciendo más grave mientras se aproximaba a la luz amarilla que venía de la cocina. Su madre estaba atareada, entregada a una misteriosa faena que Miranda no podía ver desde sus 5 años.
- ¡Buenos días! ¿Querés tomar algo?
- No.- miró a su alrededor, evaluando todo, sintiendo celos de todas las horas que
su madre había pasado ahí sin ella. – No me despertaste.
- Estabas durmiendo…
- ¡Por eso!- Se impacientó y arrojó al vacío de la cocina una cuchara que se
asomaba desde el borde de la mesada. Su madre la miró.
- Miranda, tenés el mismo carácter de la Tía Sari cuando se levanta. – Se agachó
a buscar la cuchara. – Así no me estás ayudando.
- ¡Yo no me quiero parecer a la Tía Sari!- El fastidio era lógico.
- Claro, mi amor, nadie se quiere parecer a la Tía Sari. ¿Me querés ayudar?
- Sí
- Bueno, fijate si vino el sodero.
Perplejidad. Los mayores y su manía de dar por sentado el significado de las
palabras. Primero pensó en preguntarle si el sodero estaba en casa en ese momento. Exploró los pasillos, hasta ese pasillo que va al cuarto de los cachivaches que le daba miedo. No vio al sodero. De hecho, no sabía muy bien qué esperar, ya que nunca había visto al sodero. Seguramente sería un señor con bigotes y hasta anteojos. Se quedó parada en el pasillo, mirando el piso. Estaba perdida. Pero no quiso preguntar, porque quería ayudar. Y preguntando no se ayuda. Así que se dirigió al teléfono. Por lo general cuando los grandes tenían una duda, la descargaban contra uno de esos aparatos con tantos botones tentadores.
Levantó el tubo. El tono le molestó.
- ¿Qué hacés ahí, Miranda? Te dije que fueras a la puerta a ver si vino el
sodero…
Error. Grave error. Nunca se había mencionado una puerta en la consigna. Miranda dejó el tubo, triunfante porque había encontrado una respuesta al levantarlo, sin necesidad de preguntar, y corrió a la puerta. Llegó y la miró. Era enorme. Y seguramente pesada. No se acordaba de haberla abierto sola antes. Se estiró y accionó el picaporte. Una ráfaga de viento fantasma, de esas que corren misteriosamente por los pasillos se coló en el hall, y casi le sacó la puerta de las manos a Miranda, que tiró con todas sus fuerzas para dejarla abierta.
La ráfaga se calmó y apoyó la puerta contra la pared. Miró hacia el pasillo. Lo único que se veía era la línea de luz que se colaba por debajo de la puerta del departamento C, allá a lo lejos, pero la penumbra no era tan espesa como para no notar si ahí había un sodero.
Con la satisfacción de una misión cumplida, y sin reparar en cerrar la pesada puerta otra vez, porque el impulso de anunciar que la misión fue un éxito es más poderoso que terminarla, Miranda vociferó.
- No, no está el sodero.
- ¿Te fijaste si están los sifones?
Esto ya rozaba la falta de respeto. ¿Qué es eso de agregar elementos a la misión cuando una ya está saboreando los laureles de la victoria? ¿Ahora sifones también?
Los vio, orgullosos, en fila como pingüinos junto al marco de la puerta. Sí, ahí estaban.
- ¿Están o no están? – su madre seguía el progreso de la empresa desde la
cocina.
- Sí, están.
- Bueno, traelos.
Miranda los arrastró hasta la cocina.
- Dejalos ahí- le señaló un rincón al lado de la heladera. – Muy bien. Ahora llevá
esos dos que están vacíos y dejáselos al sodero.- Miranda no lo podía creer. ¿No le había aclarado ya que el sodero no estaba ahí afuera? Pero no quiso preguntar por miedo a que la misión se volviera más complicada. Le pareció que lo más lógico que podía hacer, que para nada coincidiría con lo que su madre creyera lógico, era dejar los sifones vacíos en el mismo lugar en dónde había encontrado los llenos.


La ráfaga de viento en el pasillo la transportó. Sí, me dijo que se los deje ahí afuera.
- Está mal. Los soderos jamás pasan dos días seguidos.
- Sí, Miranda, es verdad. Te debés estar acordando mal.
- No, les juro que al otro día pasó el sodero, si hasta mi mamá me dio plata para que…
- Ah, la relación sodero-cliente es un vínculo sagrado.
- El sodero no existe más
- ¿Cómo que no existe más?
- Es un personaje mitológico.
- Bueno, eso es lo que yo creía cuando era chica, como que vivía debajo de los
sifones. No entendía muy bien.
- No hay nada qué explicar. Es mentira, el sodero no es nadie. Nadie los vio
nunca.
- Pero ¿Cómo explicas la presencia de soda en un hogar?
- Supermercados.

Cerró la puerta con dificultad y el sodero ocupó su mente mientras almorzaba mirando la tele, mientras vaciaba el contenido de su habitación en el pasillo para jugar, y mientras pintaba con acuarela en el piso del comedor.
Mientras su madre preparaba la cena, sin que nadie lo sugiriera, volvió a mencionarlo.
- Ya que sos mi secretaria oficial con este asunto, ¿no me querés hacer un
favor más? – Las palabras secretaria y oficial la llenaron de orgullo.
- Ponele esto al sodero.
Miranda tomó el billete con la prestancia que requieren estas situaciones, abrió la
puerta y lo dejó abajo de los sifones. Las preguntas que cruzaron su mente deben haber sido ruidosas, porque su madre la vio entrar y le regaló una explicación de esas que tanto le había mezquinado durante el día.
- Mañana, el sodero deja sifones llenos y se lleva la plata.
Miranda abrió los ojos más grandes, y lo único que pudo imaginar fue que un hombre con bigotes y hasta anteojos vivía debajo de los sifones y los llenaba desde ahí.


Habría que seguir simulando. Un secreto le cruzó los ojos. Y vio todo tan claro. Las etapas de la historia correspondían perfectamente a las etapas de la vida de un hombre. Miranda ahora mismo estaba parada en el Renacimiento de su vida. Casi 14 años. Era la época en la que iba a volver a los mitos de la Edad Antigua, como el del sodero, para reformularlos y hacerlos célebres otra vez. La Edad Media de su pre pubertad la había acallado por medio de vergüenza y miedo al ridículo. Ahora ella se sentía el centro de su universo; volvería a las fuentes clásicas para abrirse caminos y encontrar respuestas. Pero nada se podía decir. No estaba segura de que su teoría fuera bienvenida entre sus pares. Sólo silencio y confundirse con el montón. El secreto consagra y esclaviza. Tal vez, con la primera adolescencia viniera la Era de la Razón, y entonces allí, antes de que el Romanticismo la ciegue de ira contra las instituciones y dogmas, podría exponer su teoría. Sólo sonrió.
(2008)