Un doble homenaje a un músico y a un poeta que me dejó en vilo. Dualidad. Todos nos encontramos en las dos situaciones alguna vez.
A veces me pregunto si seguimos siendo las mismas personas o cambiamos, por dentro. Tal vez se producen cambios pero sólo aquellos que más nos conocen los notan. Y cuando nos hacen algún comentario sobre ese tema, no lo toleramos, y resulta que los lastimamos como nunca lo quisimos y como jamás lo merecieron.
Esto lo sé, y lo sufrí, porque yo lo noté un día antes de aquellas 4 palabras fatales que me dijo James y destrozaron la base de todo plan.
Yo lo presentí; James había estado muy tenso conmigo la noche anterior, y además hacía días que no me mostraba lo que escribía. Eso sólo significaba sólo una cosa: que yo ya no era su musa. – O tal vez ahora está escribiendo sobre otros temas que a vos no te interesan, Sara.- me dijo June, mi mejor amiga, que también conocía muy bien a James.
Pero ¿qué tema a él concerniente podía no interesarme? Todo lo compartía conmigo, todo lo desglosábamos en diálogos eternos a la luz de un cigarro, desnudos y sin prisa.
Sus rulos alborotados me hacían estremecer, escalofríos recorrían todo mi cuerpo cuando sus ojos oscuros se escapaban de los míos. Y no podía siquiera considerar un lugar para que se encalle aquél hombre más que en mi cuerpo.
Las lunas se nos hicieron órbitas, y nuestras ansias prematuras se convirtieron en fingido asombro para desembocar en aburrido desconcierto ahogando un bostezo. Sus manos no me buscaban tanto más que yo las esperaba. Su boca no quemaba mis besos fríos.
Pero mis simulaciones no eran tan deplorables y las 4 palabras temidas iban a llegar indefectiblemente.
Ese día antes de las 4 me dediqué a observarlo y a analizar cada uno de sus cuidadosos ademanes de artista etéreo. Lo noté huidizo, inseguro. Pero James siempre había tenido todo muy claro. ¿No era esto un poco contradictorio? Y, sí. Pero cuando uno se detiene a ver pasar el tren, se da cuenta de que hay pasajeros dentro.
Hasta lo noté más flaco en esa tarde de otoño fúnebre. A la noche, no lo vi cálido y cumplidor. Estaba disperso. ¿Cómo siempre o como nunca? No sé. Distinto a siempre igual. A veces sonriente, a veces taciturno.
Yo seguía sorprendida porque aunque él seguía siendo James, mi James, mi poeta personal y loco, estaba diferente. O lo veía diferente, porque ahora yo sabía cuáles serian las 4 palabras.
Y cada vez que se hacía un silencio entre James y yo, yo abría bien grande el pecho para que dispare las 4, ya que yo había preparado 4 espacios para que allí habitaran.
Pero no llegaron hasta el momento en que yo intuí que James estaba más cambiado y más lejano que nunca.
Lo vi tan poco apasionado en los versos que antes lo colmaban, lo noté tan lleno de ilusiones vacías para con la vida, en un monólogo simple pero confuso. Directo pero disperso. Un verdadero camino sinuoso a la cumbre del tedio informativo sobre la vida de alguien que creía conocer, que culminó en el disparo de las 4, sin que yo allí lo anticipara. “No te quiero más.”
Sin explicaciones previas, a pesar del sinsentido prólogo con excedentes de sueños vacuos.
Pero ahora a mí me toca ser la desconocida, la desnaturalizada. Tengo que explicarle a Douglas que ya no puedo…que él ya no es…, en fin, que nosotros, digo, yo; ya no creo que …
Sentir es algo tan puro que debe ser cuidado, peor hay algo aquí que ya no… Bueno, de todos modos, ya debes saber que…
Me encantaría saber cómo decirte, Douglas, lo que ya no siento por vos. Pero no quiero lastimarte. No quiero llegar a las 4. Tal vez habría necesitado darte un preludio sin sentido, una cerveza y un ambiente amigable y conocido para que te enfrentes a esta desconocida y todo fluyese de manera normal y tranquila.
¡Mierda, James! Antes de irte, al menos me hubieras enseñado a no querer sin ser el de antes, el que yo quise. Ojalá hubiera podido aprender de vos a despegarme de lo que los demás creen conocer de mí, ser diferente de pronto y decirles lo que no quieren escuchar de la manera más dulce, para que no duela. Para que Douglas ya no llore. (2001)
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